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sábado, 7 de enero de 2012

La bicicleta estática

Una de las bicicletas de la pintora oaxaqueña Ana Santos,
expuesta en la Galería de Arte XXI de Oaxaca (México).
Foto de la pintura: Carmen del Puerto.

“…él solo quería huir y para eso se había comprado una bicicleta estática. La empresa de electrodomésticos le había regalado un calendario con doce láminas de ciudades siempre soñadas nunca recorridas, que ahora estaban a su alcance.” 
(MANUEL VICENT. “La bicicleta estática”, en La carne es yerba.)

El llamado Nuevo Periodismo renovó las formas de narración y enriqueció el contenido de la actualidad incorporando recursos y técnicas de la literatura de ficción. Lo había demostrado Truman Capote en A sangre fría, contándonos aquella masacre de una familia en Kansas, y Tom Wolf, el padre de La hoguera de las vanidades, reflexionando sobre aquella innovación periodística. Pero en nuestro país, el Nuevo Periodismo lo practicaba Manuel Vicent, a quien yo leía fascinada y siempre con admiración. “Navegaba ya en dirección a Venecia. Había arrancado la primera lámina del calendario y ahora la Plaza de San Marcos aparecía frente a sus fauces sudorosas. La travesía le llevó algún tiempo”. En mi memoria se grabaron algunos de sus relatos periodísticos, como “No pongas tus sucias manos sobre Mozart” y, especialmente, “La bicicleta estática”, el triunfo de la imaginación sobre la rutina diaria. “Aquel día el ciclista pedaleó sin descanso hasta la oscuridad con la frente pegada al calendario y atravesó la noche del Adriático sentado en el sillín de la bicicleta estática.”

Genios en bicicleta

 Albert Einstein (California, 1933) y el matrimonio Curie (Francia, 1895), en bicicleta.

“La vida es como andar en bicicleta. Para mantenerte en equilibrio, tienes que seguir moviéndote”. Se lo decía Albert Einstein a su hijo Eduard en una carta escrita en 1930, tras haber formulado a pedales su teoría de la Relatividad. Pierre y Marie Curie tampoco soltaron el manillar de sus bicicletas hasta que obtuvieron un decigramo de cloruro de radio tras cristalizar miles de veces ocho toneladas de pechblenda. El descubrimiento del radio y del polonio nada tuvo que ver aparentemente con los radios de sus velocípedos, transporte adquirido para viajar por la campiña francesa durante su luna de miel en 1895. Pero la atrevida Marie, vestida con falda-pantalón y sentada en el sillín a horcajadas -postura políticamente incorrecta para una mujer de finales de siglo XIX-, se hizo finalmente con dos Premios Nobel.

Los tres genios sobre ruedas nunca echaron el freno, se clasificaron para la final, fueron los primeros en llegar a la meta y se ganaron, por ello, una merecida entrada en mi blog, hoy dedicado a los frikis de las bicicletas.

La farmacia ambulante

 Foto: Carmen del Puerto.

Maroua (Camerún), 24/03/2006.

No voy a destapar una trama internacional de corrupción, burocracia y acciones lucrativas de la poderosa industria farmacéutica en Nigeria, ni a escribir sobre ello como lo hizo John Le Carré en 2001 para inspirar después una magnífica película (The Constant Gardener o El jardinero fiel, con Ralph Fiennes y Rachel Weisz). No voy a denunciar que el 90% del presupuesto dedicado por los grandes laboratorios farmacéuticos a la investigación y al desarrollo de nuevos medicamentos esté destinado a enfermedades que padece sólo el 10% de la población mundial, negocio mucho más rentable que combatir las enfermedades que asolan continentes como el africano. No voy a atribuir a las multinacionales del sector una responsabilidad que, seguramente, en rigor, no les corresponda y que, en cualquier caso, debe ser compartida con los gobiernos corruptos de muchos países y con los que sólo aportan su abominable indolencia. Afortunadamente, también hay quien lucha por la libre elaboración de genéricos, por la eliminación de las patentes, por un fácil acceso de los países pobres a los medicamentos y por el fin en ellos de calamidades como el sida o la malaria. Una farmacia ambulante bien equipada debería poder llegar en bicicleta a cualquier rincón del mundo que lo necesitara.

Las bicicletas son para el verano

 Aparcamiento de bicis a la puerta del balneario de Széchenyi, en Budapest (Hungría).
Foto: Carmen del Puerto.

Dejé la bicicleta sola, aparcada en la nieve, a la puerta del balneario de Széchenyi. Me despedí de ella con la promesa de regresar en breve. Sólo pensaba curiosear por aquel elegante recinto neobarroco de color amarillo y con nombre del conde húngaro que luchó contra Napoleón. Había oído historias fabulosas de aquellos baños de aguas termales y medicinales de la capital de Hungría. No pensaba traspasar el hall de entrada. Pero en cuanto me asomé por las cristaleras y vi los lujosos mosaicos, estatuas, escalinatas, cúpulas y columnatas del edificio, me vi pagando la entrada de 3.000 florines, dejando mi ropa en una taquilla del vestuario y equipándome con traje de baño y toalla.

Afuera me esperaban 15 piscinas, tres de ellas grandes al aire libre ocupando el patio interior, con agua templada, caliente y fría. Pero para acceder a ellas había que salir a la intemperie, con un entorno nevado y una temperatura de 10 grados bajo cero. Obviamente, no me atrevía pensando que, con mi escaso bikini, me congelaría en cuestión de segundos. Pero se trataba de muy pocos metros, los que separaban el umbral de las puertas de los vestuarios y el borde de las piscinas. Finalmente, me di un impulso, corrí, dejé la toalla en un banco cubierto de nieve y me lancé al agua, que increíblemente estaba a 38 grados centígrados. Mi aterido cuerpo se calentó de inmediato. A continuación, se accionó un remolino espiral en el agua que a toda velocidad lanzaba a los bañistas contra las paredes y les hacía chocar unos con otros, como en una atracción de feria, provocándonos a todos risas incontroladas. Una vez liberada tanta adrenalina, tableros flotantes de ajedrez me invitaban a jugar con los locales de aquella fascinante ciudad de la Europa del Este.

Tras la divertida vorágine, de nuevo hice frente a la intemperie para probar saunas, salas de masajes y las 12 pequeñas piscinas cubiertas, con aguas ricas en azufre, magnesio o calcio, de reconocidos efectos terapéuticos. Algunas –decían los termómetros- a 77 grados centígrados, con aguas termales procedentes de pozos a 900 metros de profundidad que fueron perforados en el siglo XIX.

En aquellos asombrosos baños perdí la noción del tiempo. Cuando salí varias horas después, entrada la noche, la bicicleta ya no estaba. Quizá se cansó de esperarme y se fue con otro. Quizá se murió de frío. Y yo sentí el escalofrío que producen los remordimientos.

La muerte en bicicleta

Obra expuesta en el Centro Cultural Santo Domingo, de Oaxaca (México).
Foto: Carmen del Puerto.


No sé qué escribir sobre esta foto, que tomé en el Museo de las Culturas de Oaxaca, ubicado en el ex Convento de Santo Domingo, centro de evangelización del virreinato. Con 14 salas que abarcan 10.000 años de historia, esta construcción monumental te deja sin aliento. Como si hubieras pedaleado 10.000 kilómetros y llegaras a la meta exhausta. Quizá fue eso lo que les pasó a estos ciclistas, que se quedaron sin provisiones y acabaron dejándose la piel y la carne por el camino. Claro que olvido la obsesión de los mexicanos por festejar el culto a la muerte y la estética de esqueletos y calaveras que impera en las tiendas de souvenires.

Pero también podría relacionar esta imagen con Muerte de un ciclista, la inquietante película hispano-iltaliana que dirigió Juan Antonio Bardem en 1955, con Lucía Bosé y Alberto Closas interpretando con magisterio a dos amantes clandestinos que en la posguerra franquista atropellan accidentalmente a un ciclista y huyen sin prestarle el debido auxilio. Atormentados por el remordimiento, no podrán eludir su destino final, ligado igualmente a una bicicleta. Una película que, aun denunciando el fariseísmo de la clase burguesa y anunciando incipientes cambios sociales en el trasfondo político español de la época, pasó la censura franquista… con la calificación de “gravemente peligrosa”.

La elegancia del biciclo

 Biciclo expuesto en unas bodegas de Yarra Valley, en Victoria (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.

Observa la estética del biciclo y descubre la armonía de la diferencia, la metáfora de lo grande y lo pequeño, la simbiosis perfecta de esta veloz antigualla. Si una rueda genera y dirige el movimiento, la otra sirve de punto de apoyo. Y aunque el equilibrio no es perfecto, una no puede existir sin la otra. Con el tiempo, las ruedas de los velocípedos han ido acortando distancias, igualando sus diámetros, en busca de la simetría y huyendo del contraste. Hoy, las bicicletas se jactan de sus proporcionadas líneas, pero en elegancia nunca podrán competir con el digno biciclo.

Bicicletas comunistas


 Foto: Pablo López Ramos.
 
En la actualidad hay alrededor de 800 millones de bicicletas en el mundo, la mayor parte de ellas en China. Pero en este país no siempre fueron bien vistas. Cuando los europeos inventaron los velocípedos en el siglo XIX, la corte imperial de Pekín receló de esta nueva tecnología, a la que no encontraba utilidad. Pero la moda occidental se fue introduciendo poco a poco en la cerrada sociedad china, primero por los colonos extranjeros, luego por las clases adineradas del país, después por los funcionarios. En los años treinta empezó la fabricación nacional y, por consiguiente, su abaratamiento. Pero el mayor impulso se dio tras constituirse la República Popular China, que incentivó la producción. Los comunistas convirtieron la bicicleta en un símbolo popular.

Sin embargo, hoy China vuelve a copiar modas occidentales, animado por su alto potencial de crecimiento económico. Además de ser el país más poblado del mundo y el que más contamina, podría convertirse en el primer mercado automovilístico, y con más problemas medioambientales. Entre ellos, el incremento de los niveles de contaminación, ya muy acusados, como pusieron de manifiesto los últimos Juegos Olímpicos de 2008.

Aun así, los chinos no dejarán nunca de sorprendernos. La última noticia es que las bicis eléctricas han invadido las calles del gigante asiático.

A propósito, bicicleta en chino se dice zixingche, de zi (“auto”), xing (“movimiento lineal”) y che (“vehículo”).

Verano azul


Turistas en Tulum (México).

Suena la música de Carmelo Bernaola y automáticamente nos imaginamos silbando y dando a los pedales, cerca de una playa de arena blanca y bajo un cielo azulado. Muchos consumimos la serie de televisión de los ochenta, aunque ya no fuéramos niños ni adolescentes. Ese Verano azul rodado en Nerja por Antonio Mercero, el genio de Crónicas de un pueblo y La Cabina, hoy aquejado de Alzheimer. Ñoñerías aparte de esta serie, más acusadas y rancias con el paso del tiempo, cómo olvidar las hilarantes ocurrencias de Tito y Piraña, o a ese entrañable filósofo y pescador jubilado que se nos murió dos veces, una como Chanquete en el verano de 1981 y otra como Antonio Ferrandis en el otoño de 2000. Pero lo mejor sin duda de la serie fue su banda sonora, que además de contener la evocadora sintonía de Verano azul, versionada en 2009 por el DJ Juan Magan, popularizó las Sevillanas del adiós o Cuando un amigo se va, del grupo Amigos de Ginés.

Bicicletas de museo

 Velocípedos de Pierre Michaux de 1865, en el Museo de Artes y Oficios de París.
Foto: Carmen del Puerto.

Aparcamiento de bicicletas en una calle de París.
Foto: Laura PDP.

Quizá porque los Reyes Magos nunca me dejaron la bicicleta, ahora colecciono velocípedos en mi blog, como hacen también algunos museos. En el singular Musée des Arts et Métiers de París se conserva un buen surtido de bicicletas antiguas, como vemos en la foto superior. He aquí resumidas sus vicisitudes.

Por increíble que parezca, ya en 1490, un pintor de nombre muy italiano llamado Leonardo di ser Piero da Vinci había dibujado en su Codex Atlanticus un boceto de una bicicleta muy similar a la actual, con pedales y transmisión por cadena. Una demostración más del talento y la inventiva del que fuera el más famoso renacentista de la historia.

Pero el primer vehículo individual de dos ruedas con dispositivo de dirección existe desde 1816, con la llamada Draisiana, sin pedales, que inventó un barón de nombre muy alemán: Karl Christian Ludwig Drais von Sauerbronn, para más información.

No obstante, muchos historiadores atribuyen la invención de la bicicleta moderna a un herrero de nombre muy francés –también constructor de carrozas- llamado Pierre Michaux y a su hijo Ernest. En 1861, ellos adaptaron al eje de la rueda de una draisiana los pedales que un herrero de nombre muy escocés, Kirkpatrick Macmillan, había incorporado para impulsar la máquina con los pies sin tocar el suelo. La Michaulina fue la primera bicicleta fabricada en serie y comercializada con éxito, a pesar de sus neumáticos de hierro y de sus ruedas de madera. También se la conoció popularmente como la Boneshaker (“agitadora de huesos”), a causa de sus vibraciones cuando circulaba sobre carreteras pedregosas o por calles adoquinadas.

Hoy las modernas bicicletas transitan sin problemas por las calles de París, aunque quizá todas acaben como piezas de museo.