sábado, 30 de junio de 2012

ESTAMBUL: El arquitecto jenízaro


La mezquita de Solimán el Magnífico (la Süleymaniye), construida por Mimar Sinán.
Foto: Carmen del Puerto.

El artífice de esta mezquita, Sinán Ibn Abdulmennan (c. 1490-1588), más conocido por Mimar Sinán*, Koca Sinán** o “Arquitecto de la morada de la felicidad”, estuvo al servicio de tres generaciones de sultanes –Selim I, Solimán I y Selim II- y fue el jefe de los arquitectos imperiales de la corte otomana en el siglo XVI.

Su familia era cristiana, oriunda de Capadocia. En 1512 fue reclutado por el devshirmé (institución otomana creada para la leva de niños no musulmanes que eran educados en funciones civiles y militares) e ingresó en un regimiento de jenízaros (“nuevos soldados”), que formaban los batallones de élite del sultán.

Realizó su aprendizaje en palacio con el gran visir Ibrahim Pasa y en 1536 era jefe del cuerpo de ingenieros. Como jenízaro, así como en calidad de arquitecto e ingeniero que podía colaborar en el trazado y construcción de puentes y fortalezas, Sinán acompañó a Solimán el Magnífico en sus campañas por Europa y Oriente Medio, lo que sin duda le permitió familiarizarse con los grandes monumentos arquitectónicos del pasado islámico y preislámico.

La sultana Roxelana lo llamó en 1537 para edificar un külliye en Aksaray (Estambul) y Solimán le nombró “arquitecto imperial” (jefe de los arquitectos de palacio) en 1538. Pero hasta 1543, Sinán sólo se había preocupado de puentes, fortalezas e intendencias, no de edificios religiosos.

Este artista, que vivió casi un siglo, construyó unos 400 edificios o complejos: 81 grandes mezquitas, 50 salas de oración, 62 madrasas, 19 mausoleos, 17 caravasares, 3 hospitales, 7 acueductos... Es el autor de las mezquitas sultánicas de Solimán en Estambul -la Süleymaniye- y de Selim II, su sucesor –que le sucede tras la ejecución de su hermano Beyacid I, para quien edificó la obra maestra de Edirne: la Selimiye. Otras obras son, en Estambul, la Sehzade (la primera mezquita de Solimán, después dedicada a la memoria de su hijo Mehmed, fallecido prematuramente), la mezquita de Mihrimah y la mezquita de Sokullu.

Gracias al patronazgo del sultán, Sinán (cercano al concepto de arquitecto renacentista) creó obras maestras a la altura de su benefactor, uno de los más grandes monarcas de su tiempo, y trabajó por todo el Imperio Otomano, de Budapest a Damasco. Sus trabajos son un compendio de la arquitectura otomana en su apogeo y sus logros artísticos revolucionaron la concepción estética del Islam. Sinán contribuyó a “una política concertada otomana de establecer la soberanía mediante la construcción de edificios en un estilo distintivo, con cúpulas hemisféricas y altos y esbeltos minaretes.” (BLAIR, Sheila S., y BLOOM, Jonathan M. Bloom. Arte y arquitectura del Islam 1250-1800. Editorial Cátedra (Manuales de Arte). Madrid, 1999. pp. 321-322).

*Mimar Sinán: arquitecto o maestro Sinán
**Koca Sinán: gran Sinán

domingo, 24 de junio de 2012

ESTAMBUL: El Expreso de medianoche

  Panorámica de Estambul. Lienzo del pintor turco Cemal Toy.
Foto: Carmen del Puerto.


El Expreso de Medianoche (1978) no dio muy buena imagen de los turcos, pero en las retinas de muchos espectadores se grabaron las bellas secuencias de su inicio: ese horizonte de cúpulas y minaretes de las mezquitas de Estambul vistos desde las aguas del Bósforo. La película de Alan Parker, con un guión de Oliver Stone basado aparentemente en hechos reales y con una banda sonora de Giorgio Moroder, cuenta la experiencia de un joven estadounidense detenido en el aeropuerto de Estambul por tráfico de drogas. Condenado a cuatro años de cárcel por ese delito, duramente penalizado en Turquía, el protagonista sufrirá una auténtica pesadilla, el horror del sistema penitenciario turco. Sin duda, una reflexión sobre cómo una vida se puede arruinar en un instante y cómo cometer un error puede condenarte al infierno. Pero muchas veces las cosas no son como parecen… en el cine. Por eso invito a leer este artículo sobre la hipocresía en torno al narcotráfico que esconde tan extraordinaria película:


ESTAMBUL: El arte islámico


Techos de cúpula del interior de la Mezquita Nueva (Yeni Camii, en turco), construida entre 1597 y 1663, en el distrito de Eminönü de Estambul.
Foto: Carmen del Puerto.

El arte islámico es un arte animado por la religión -el Islam-, que ha condicionado notablemente su expresividad al margen de generar una gran variedad de manifestaciones artísticas. La tradición (hadith) y la ley (charia) islámicas prescriben ciertas obligaciones religiosas que deben cumplir todos los creyentes (islam significa “sumisión”) y que incidirán de forma específica en el arte islámico. Estas cinco reglas básicas reciben el nombre de “pilares del Islam” (arkan) y son las siguientes:

1) creencia en un Dios único, Alá, y en Mahoma, su Profeta (profesión de fe o chahada), no habiendo intermediarios entre Alá y el creyente –la inexistencia de ritos en común estructura sus construcciones y su disposición en ellas- y dado que el mensaje prima sobre el mensajero, la escritura es uno de los motivos decorativos que singularizan el arte islámico;

2) observación de las oraciones rituales diarias (salat), cuya consecuencia arquitectónica es la mezquita, sus minaretes para llamar a la oración, su patio para las abluciones previas y su sala de oración;

3) pago de la limosna o contribución legal (zakat), que se concreta en la fundación de instituciones de caridad como hospitales, escuelas, baños y fuentes públicas;

4) peregrinaje, al menos una vez en la vida, a la ciudad santa de La Meca (hajj), que permite el intercambio de ideas y producciones especiales, como los nuevos paños que el califa envía anualmente al santuario de la Kaaba –donde se encuentra la Piedra Negra- o los certificados ornamentales de la peregrinación;

y 5) ayuno durante el mes del Ramadán (sawm), siendo la ruptura del ayuno celebrada con fiestas para las que se destina cerámica de gran belleza. El conjunto de estas prácticas constituye la base de la identidad musulmana.

Otras prescripciones tradicionales son el “esfuerzo en el camino de Dios” (yihad), que puede ser militar (guerra santa) o interior; la circuncisión masculina y femenina (jafd); las prohibiciones alimentarias (carne de cerdo y bebidas alcohólicas); y las prevenciones contra la práctica de la usura y de los juegos de azar.

En una primera etapa, el arte islámico se caracterizó por “una asimilación y reinterpretación de las herencias del mundo antiguo [romano, bizantino, sasánida y cristiano, fundamentalmente], en busca de una concreción tipológica, formal y decorativa” (RAMÍREZ, 49). Sin embargo, la transformación de lo que se va conociendo dará lugar a la creación de una “nueva sintaxis artística” (ESTEBAN et al., 102).

La norma principal parte de la idea de que “sólo Dios permanece” y, por ello, toda creación del hombre debe tener una apariencia temporal, perecedera. De ahí la “estética de la fragilidad”, que de muy diversas maneras se advierte en todas y cada una de las manifestaciones artísticas musulmanas y a través de los materiales más diversos y, en general, modestos.

Una de las constantes ideológicas que determinan el arte islámico (FIGUEROBA y FERNÁNDEZ, 103-104) es el rechazo a la presencia de imágenes, sobre todo humanas –de ahí la ausencia de escultura-. Si bien no existe una prohibición coránica precisa, la tradición recomienda la no representación en las mezquitas de seres vivos (sí en los edificios y objetos de uso civil). Primero, porque podría llevar a la idolatría y culto a los iconos; después, porque es absurdo reducir la imagen de Dios a los límites de la naturaleza creada; y, finalmente, porque Alá es el único creador. Es la “estética del concepto” (ESTEBAN et al., 463). El hombre no puede competir con Dios en la recreación de la realidad, sólo puede representarla de forma inanimada. En consecuencia se opta por las fantasías de fondo naturalista y geométrico, con un gran dominio de líneas y colores, como complemento de la arquitectura y, también, de la cerámica. Es un arte concebido más como decoración que como representación.

En cuanto a las constantes formales (FIGUEROBA y FERNÁNDEZ, 104), ladrillo y mampostería son los materiales constructivos más utilizados, mientras que como materiales decorativos destacan: yeso y escayola, para enlucir paredes, desarrollar filigranas y estilizar; y madera, para puertas y púlpitos, con decoración caligráfica. El elemento organizador del espacio es el cuadrado (influencia griega), que estará presente en cualquier configuración (mezquita, mausoleo,...) y que simboliza la implantación y fortaleza del Islam. La esfera cúbica se emplea para el desarrollo de las cúpulas. Como elementos sustentantes se usan la columna y el pilar (influencia romana), así como el arco, siendo el más característico el de herradura: sus dovelas son paralelas, con un ritmo binario de colores. La decoración arquitectónica (influencia oriental) puede ser geométrica (con lacerías, arabescos y celosías); epigráfica (la palabra de Alá debe ser divulgada, de ahí las inscripciones coránicas y la importancia de la escritura como elemento ornamental con carácter unificador) y policromada (el color, la luz y el agua confieren dimensión dinámica a la arquitectura).

El musulmán, no pudiendo representar a Dios en forma humana como hace el Cristianismo, busca plasmarlo a través de su Creación. Para ello se fundamenta en la Ciencia: en la matemática, la geometría y el número, formas perfectas de representación del Universo. La decoración geométrica –la “geometría sagrada”- es, a la vez Ciencia y Arte. (ESTEBAN et al. 463).

El arte islámico tiene dos principales manifestaciones arquitectónicas: una religiosa (la mezquita), y otra civil (el palacio y la villa). Pero en lo islámico no existe diferenciación entre arquitectura religiosa y civil -la religión es la principal función de la arquitectura islámica, que debe adaptarse a las exigencias litúrgicas-. Ambas se ornamentan con una temática idénticamente concebida, inspirada siempre en el elemento religioso. “Temática y características que se repiten en forma constante tanto en el recubrimiento arquitectónico como en todas las demás artes decorativas que constituyen las principales manifestaciones del arte musulmán. Ello conduce a un rasgo fundamental: la unidad de las artes.” (ESTEBAN et al., 462).

Como principales aportaciones arquitectónicas del arte islámico, se apuntan las siguientes: las organizaciones simétricas respecto a un eje axial y caminos de penetración longitudinales; la disolución arquitectónica del muro externo; el tratamiento del espacio interno; la intercomunicación de espacios; la decoración y tectónica constructiva flotante y suspendida; la aceleración rítmica de motivos ornamentales-arquitectónicos en una seriación sin fin; la profusión de cerámica geométrica en el muro haciendo continuas, brillantes e iluminadas las superficies; y la separación de “cuantos espaciales” por la luz, arcos-pantalla o ámbitos cueviformes. (ESTEBAN et al., 102). “La arquitectura musulmana tiende, progresivamente, a modificar las formas tectónicas quitándoles primero solidez, dándoles después la apariencia de ser únicamente ornamentación, para convertirlas, por fin, de hecho, en puramente ornamentales”. (ESTEBAN et al., 465).

En la época de los grandes imperios, como el Imperio Otomano, se desarrolló un sentimiento nacionalista que se tradujo en unas manifestaciones artísticas diferenciadas. Dos serán las grandes innovaciones del Imperio Otomano (RAMÍREZ, 96-97). La primera: la fundación de caridad (külliye), un complejo religioso que además de la mezquita –su núcleo central- comprende edificios de utilidad pública como las escuelas coránicas (madrasas), la escuela, la biblioteca, el hospital, el asilo de dementes, el comedor de pobres, el bazar o los baños. La segunda: la mezquita de planta central que toma como referente la iglesia de Santa Sofía, definida por un cubo abierto con cúpula, un pórtico de entrada y frágiles alminares. Esteban et al. señalan que la flexibilidad y poca exigencia de la religión islámica permitió el aprovechamiento, para sus mezquitas, de cualquier sistema preexistente. (ESTEBAN et al., 102). Y eso fue lo que hicieron los otomanos: difundir el sistema bizantino de Santa Sofía como mezquita e ir adoptando nuevas soluciones. No obstante, autores como Pevsner et al. recuerdan que, si bien muchos elementos internos y externos de las mezquitas construidas después de la segunda mitad del siglo XV están copiados de Santa Sofía –valorada por los turcos como obra maestra del arte mundial-, la arquitectura otomana ya había desarrollado con anterioridad una serie de formas posteriormente perfeccionadas. “Parece por lo tanto más justo considerar a Santa Sofía como el reto que impulsó a los arquitectos otomanos a llevar a cabo sus más grandes realizaciones, que como el origen de las mismas.” (PEVSNER et al., 607).

BIBLIOGRAFÍA:

BLAIR, Sheila S., y BLOOM, Jonathan M. Bloom. Arte y arquitectura del Islam 1250-1800. Editorial Cátedra (Manuales de Arte). Madrid, 1999.
ESTEBAN, Juan F., et al. Introducción General al Arte. Ediciones Istmo. (Fundamentos 64). Madrid, 1980.
FATÁS, Guillermo, y BORRÁS, Gonzalo M. Diccionario de términos de arte. Alianza Editorial. Madrid, 2002 (e.o. 1988).
FIGUEROBA, Antonio, y FERNÁNDEZ, M. Teresa. Historia del Arte. Editorial McGraw-Hill/Interamericana de España. 2º Bachillerato. Madrid, 2001. (e.o. 1996). Unidad Didáctica: “Las formas bizantinas e islámicas”. Págs. 91-110.
PREVSNER, Nikolaus, et al. Diccionario de Arquitectura. Alianza Editorial (Diccionarios). Madrid, 1980, 1ª edición. 1992, 2ª reimpresión, (e.o. 1975).
RAMÍREZ, Juan Antonio (director). Historia del Arte. La Edad Media. Alianza Editorial. Madrid, 1999, 2ª reimpresión. (e.o.1996). Capítulo: “El arte del Islam”, por CLARA DELGADO Valero. Págs. 49-106.
REVILLA, Federico. Diccionario de Iconografía y Simbología. Editorial Cátedra. Madrid, 1999.
STIERLIN, Henri. Turquía, de los Selyúcidas a los Otomanos. Editorial Taschen (Arquitectura Mundial de Taschen). Edición española. Barcelona, 1999.
Enciclopedia MicrosoftÒEncartaÒ2000.Ó1993-1999 Microsoft Corporation (en CD-Rom)
Estambul. Guías Everest. Autores: Christoph K, Neumann y Michael Neumann-Adrian. Ediciones Everest. León, 1997.
Estambul. Guías Visuales Peugeot. Ediciones El País. Madrid, 1998.

Internet: http:www.organizacionislam.org.ar/Sinan.htm

 


ESTAMBUL: Solimán el Magnífico


La tumba de Solimán el Magnífico en el recinto de la mezquita que lleva su nombre.
Foto: Marta Lorena García Alonso.

Solimán o Süleymán I (1494-1566) era el hijo (el único superviviente) del terrible Selim I, quien se había anexionado Persia, Kurdistán, Alta Mesopotamia, Siria y Egipto. El reinado de Solimán (1520-1566) fue el más largo de la dinastía otomana y el de mayor extensión geográfica. Aplastó la rebelión siria, tomó Belgrado, conquistó Rodas, anexionó Hungría, asedió Viena y ocupó Tabriz y Bagdad. Fue derrotado en Viena y en Malta. A su muerte, durante un asedio en Hungría, el Imperio Otomano controlaba gran parte de los Balcanes, el norte de África y Oriente Próximo, y era el poder dominante en el mar Mediterráneo, después de que Solimán se enfrentara a Carlos V, el otro emperador de entonces.

Este sultán legó una herencia inmensa en el terreno jurídico: como hizo en su momento Justiniano, unificó la legislación de su imperio, hasta el punto de que, en tierras del Islam, lleva el título de Solimán el Legislador (Kanuni), en lugar de Solimán el Magnífico, apelativo que se le da en Occidente por su poder y por la opulencia de su palacio, el Topkapi Sarayi, que impresionaba por el esplendor de sus alfombras de seda, los vitrales y los complicados dibujos de los azulejos que decoraban sus paredes y techos.

Solimán convirtió Estambul en un centro intelectual. En el plano artístico, su reinado estuvo marcado por un extraordinario florecimiento de monumentos grandiosos y perfectos, que encargará a su arquitecto imperial: Sinán. El encuentro entre Solimán y Sinán renovará el lenguaje arquitectónico y hará que surja una concepción completamente nueva de la mezquita otomana. Es una época en la que la influencia del arte italiano (Miguel Ángel, Giulio Romano, Vignola y Palladio) llega hasta tierras del Imperio Otomano.

ESTAMBUL: La “sultana valida” y la mezquita gótica


 La mezquita de la sultana valida Pertevniyal, en Aksaray (Estambul).
Foto: Carmen del Puerto.

Esta foto fue tomada desde la ventanilla de un autobús en el barrio estambulí de Aksaray. No sabía nada de esta mezquita, pero ahora me inspira una historia de sultanas, las madres de los sultanes, que no las esposas. Kenizé Mourad me enseñó que estas últimas recibían el nombre de “cadinas”, pero que si llegaban a ser madres de futuros sultanes, entonces se convertían en sultanas. Una “sultana valida”, además, tomaba partido en los asuntos de Estado y gobernaba el harén, una institución con gran influencia en el Imperio Otomano.

Pertevniyal, nacida en la región rumana de Valaquia, bajo el protectorado del Imperio Otomano, fue la esposa (cadina) del sultán Mahmud II el Reformador (1808-1839) y madre (sultana valida) del sultán Abdül Aziz (1861-1876). Cuentan que hizo con su hijo una visita oficial por Europa en 1867 y que, poco después, la emperatriz de Francia, la española Eugenia de Montijo, le devolvió la visita. El palacio de las columnas azules, de Pablo Martín Asuero, narra la relación que hubo entre la esposa de Napoleón III y Abdül Aziz. El sultán llevó a la emperatriz al palacio Dolmabahçe, donde su madre residía. Pero la sultana valida se sintió ofendida por la presencia de una extranjera en su harén y arreó una bofetada a la española, lo que estuvo a punto de provocar un conflicto internacional y la ruptura de relaciones entre Francia y Turquía. Carácter no le debió de faltar a Pertevniyal, que vivió 71 años, sobreviviendo a su hijo, que se suicidó, cortándose las muñecas tras haber sido destronado. Ella se hizo enterrar en el patio de la mezquita neogótica que lleva su nombre.

Se tardó sólo tres años en construirse; se inauguró en 1971. Contaba con estructuras subsidiarias –madrasa, mausoleo, cocinas, sala del reloj, biblioteca y fuente, además de los dos minaretes-, algunas de las cuales fueron demolidas o trasladadas tras las obras de renovación de la Plaza de Aksaray. Fue diseñada no se sabe muy bien por quién, quizá un arquitecto italiano llamado Montani Effendi o los hermanos armenios Sarkis y Agop Balyan, combinando estilos árabe, otomano, indio, gótico, renacentista e Imperio en lo que algún experto ha calificado de “estridente mezcla rococó sin gusto”.

ESTAMBUL: La tugra del sultán


 
 
Tugras de los sultanes Murad III (arriba) y Selim III (abajo).
Fotos: Carmen del Puerto.

Detalle de la Puerta Imperial del Palacio de Topkapi (Estambul), 
con la tugra de Mahmud II en el extremo inferior.
Foto: Carmen del Puerto.


Tugra de Solimán el Magnífico.
Fuente:


Basmala (la frase islámica más utilizada en la caligrafía árabe ornamental)
en forma de tugra de estilo otomano, decorando distintos objetos.

Ahora reconocería su firma a lo lejos. Es más, la podría falsificar. Sólo necesito unas clases previas de caligrafía otomana y sentirme con el poder de un sultán. Pero hace unos años me vendieron una reproducción de la tugra de Solimán el Magnífico (1495-1566) que resultó ser de Murad III (1546-1595) y me sentí estafada, ya que el primero remite al apogeo del Imperio Otomano y el segundo al comienzo de su decadencia.

La tugra nació con Murad I (1359-1389), quien al no saber escribir estampó su mano mojada en tinta sobre un decreto imperial de modo que el pulgar y el índice dejaron su huella a la izquierda mientras que la de los otros tres dedos se imprimió a la derecha y hacia arriba. Con unos retoques y añadidos de sus calígrafos, la tugra se institucionalizó al comienzo –no al final- de los documentos oficiales y, con pequeñas variaciones, cada sultán tuvo su propia rúbrica, aunque no firmaran ellos personalmente.

Hoy, desaparecidos los sultanes, sus artísticas tugras y la de basmalas o versos coránicos estampados en cualquier objeto (desde azulejos a salvamanteles) se venden como souvenir en el Gran Bazar de Estambul.

sábado, 16 de junio de 2012

ESTAMBUL: El Bósforo de Melling y Pamuk


 
Grabados antiguos del libro Voyage pittoresque de Constantinople et des rives du Bosphore (“Un viaje pintoresco por Estambul y las riberas del Bósforo”), de Antoine-Ignace Melling (1763-1831). Arriba, palacio de Hatice, madre del sultán Mehmed IV, en Ortakoy, barrio de la orilla europea del Bósforo. Abajo, vista de la plaza de Tophane, en el distrito de Beyoglu, con “pelea entre barqueros” incluida.

¡Quién pintara como Antoine-Ignace Melling o escribiera como Orhan Pamuk! El primero, arquitecto imperial del sultán otomano Selim III y su moderna hermana Hatice Sultana. El segundo, Premio Nobel de Literatura del año 2006.

Melling, un alemán con sangre italiana y francesa de finales del siglo XVIII y principios del XIX, nos dejó bellas estampas de edificios y jardines neoclásicos a las orillas del Bósforo. Había llegado a la ciudad de Estambul atraído, como muchos otros artistas y escritores europeos, por el romanticismo orientalista de la época. Y allí permaneció dos décadas. Pero tuvo que abandonar la ciudad cuando su boda con una joven genovesa le hizo caer en desgracia de forma inesperada –dicen que por celos de la Sultana- y acabó pintando paisajes por encargo de la emperatriz Josefina Bonaparte.

Pamuk, un escritor turco de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, que abandonó su afición a la pintura por el género literario, nos recuerda a Melling en sus memorias (Estambul. Ciudad y recuerdos). En ellas describe el sentimiento de melancolía por la pérdida del pasado fastuoso que Melling retrató. Una amargura omnipresente en su libro, contagiosa, donde Estambul se pinta con la belleza del blanco y negro.

“…la amargura que despedía aquella cultura muerta, aquel imperio hundido, se encontraba por todos lados. El esfuerzo por occidentalizarse me parecía, más que un deseo de modernización, una inquietud por librarse de todas las cosas cargadas de recuerdos llenos de amargura y tristeza que quedaban del imperio desaparecido: era como tirar a la basura la ropa, los adornos, los objetos personales y las fotografías de una hermosa amante que se ha muerto de repente para librarnos de su destructor recuerdo. Teniendo en cuenta que en su lugar no se pudo crear nada nuevo que fuera lo bastante fuerte y poderoso, un mundo moderno occidental o local, dicho esfuerzo sirvió sobre todo para olvidar el pasado; dio paso a que los palacetes ardieran y se hundieran, a que la cultura se trivializara y se quedara coja y a que el interior de las casas se dispusiera como un museo de una cultura que no se había vivido.” (PAMUK, Orhan. Estambul. Ciudad y recuerdos. Random House Mondadori. Barcelona, 2006. pp. 43-44).

Pamuk es un autor sensible que añora el esplendor que tuvo la capital de un imperio, crítico con unas políticas que destruyeron la herencia otomana. Un autor comprometido que, con su literatura, también se atreve a denunciar el genocidio armenio y la violencia ejercida por las autoridades turcas en el Kurdistán.

ESTAMBUL: La ciudad de las siluetas


 Montaje con fotos extraídas del libro Siluetler Sheri Istanbul (“Estambul, la ciudad de las siluetas”), 
de A. Halim Kulaksiz.

Paisajes de seducción, glamour a espuertas. El fotógrafo turco Kulaksiz Halim lo demuestra en las 90 vistas panorámicas de su libro. Estambul es la ciudad de las siluetas, la más bella del mundo, Patrimonio de la Humanidad. Por tanto, no es sólo una opinión personal. Su toponimia también dice mucho al respecto de su exotismo: “Bizancio” hasta el año 330; “Nueva Roma” tras un concilio en el año 381; “Constantinopla”, homónimo de un emperador, hasta 1453, aunque de uso preferente en Europa hasta el siglo XX; y “Estambul” o Istanbul, como la llamaron los turcos, que fue el término finalmente adoptado el 28 de marzo de 1930 como nombre oficial. La capital de tres imperios –el Romano de Oriente, el Bizantino cristiano y el Otomano musulmán- con siglos de Historia, desde que los colonos griegos de Megara la fundaran en el siglo VII a.e. Y lo hicieron sobre el estuario llamado posteriormente “Cuerno de Oro”, por los tesoros que los bizantinos hundieron en sus aguas cuando la ciudad fue sitiada por los turcos. La geografía añade magia a sus contornos, con el estrecho del Bósforo separando Anadolu de Rumeli, “Asia a un lado, al otro Europa”, que cantara el pirata de Espronceda, y conectando dos mares interiores: el Mármara y el Negro, la Propóntide y el Ponte Euxino de la mitología griega. Horizontes de grandeza que hoy impresionan nuestras retinas e inspiran el bazar de la Retórica.

ESTAMBUL: La astrónoma turca que tenía pasaporte mexicano


 Cúmulo Pismis 24, junto a la nebulosa NGC 6357, en la constelación de Escorpión,
descubierto por Paris Pismis en 1959.
Crédito: NASA, ESA y J. Maíz Apellániz (IAA).
En el recuadro superior, la astrónoma Paris Pismis.
Foto: Carmen del Puerto.

En 1994 tuve la oportunidad de entrevistar a Paris Pismis (las eses de su apellido llevan cedilla) durante su estancia en el Instituto de Astrofísica de Canarias. La entrevista fue publicada en IAC Noticias (N. 3-1994, pp. 30-33). Falleció en 1999, cuando tenía 88 lúcidos años. Hoy la recuerdo en el bazar de la Retórica porque fue turca de nacimiento, una eminente astrónoma y, sobre todo, una gran mujer.

Se reproducen a continuación extractos de aquella entrevista personal.


PARIS PISMIS
La pasión turca: más de cincuenta años dedicados a la Astronomía

Su peculiar historia comparte escenario con la novela de Kenizé Mourad De parte de la princesa muerta. Como el personaje de la literatura, Paris Pismis cuenta que “vivió de niña la vigorosa revuelta de Mustafá Kemal (Atatürk, ‘el padre de los turcos’), que acabó con el decadente régimen de sultanato en Turquía”. También viajó y dejó parte de su vida en otros países, tan diferentes como Estados Unidos y México. Hoy se confiesa una viajera incansable, atrevida y sencilla a la vez. Orgullosa de ser mujer de Ciencia, mantiene que la mente humana no tiene límite y que nada reemplaza al sentido común. Vinculada a la Universidad de Harvard en su juventud, la profesora Paris Pismis es actualmente miembro del Instituto de Astronomía de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y una de las astrónomas de mayor prestigio del mundo. Su estancia en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) vuelve a coincidir, como en anteriores ocasiones, con algún acontecimiento de excepción: esta vez, los pequeños fragmentos de un cometa chocan con Júpiter, el gran planeta de nuestro Sistema Solar.”

“La vida de un astrónomo está llena de sorpresas”, comenta Paris Pismis. “La emoción y la excitación llegan con cada nuevo descubrimiento, siempre que el astrónomo tenga la madurez necesaria y cuente con información actualizada para apreciar la relevancia del hallazgo en el marco del universo conocido.”
“La Astronomía tiene muchas facetas –advierte-, desde el más simple trabajo observacional a los desarrollos teóricos más profundos. Como un todo, la Astronomía es un mosaico donde las diferentes piezas deberían combinarse para ofrecer una imagen del Universo donde vivimos.”

TURQUÍA Y ATATÜRK

“En Turquía, ahora hay una tendencia de ir hacia atrás. Mi tiempo coincidió con el de Atatürk y con los cambios que él introdujo. Fueron cambios demasiado rápidos; siguieron un poco después de su muerte, pero últimamente, los cambios en Irán han afectado un poco el ambiente. En cuanto al libro De parte de la princesa muerta, cuyo primer capítulo se ambienta en Turquía, creo que está muy bien documentado. Pero al leerlo, sentí que había algo en contra de los cambios de Atatürk, porque la madre de Kenizé Mourad sufrió mucho. Seguí con mucho interés si mi memoria y lo que había oído en la familia coincidían con el libro, y sí, coincidían muy bien. Pero después no pude seguir su vida fuera de Turquía.”

Puerta de la Universidad de Estambul.
Foto: Marta Lorena García Alonso.

LA OSADÍA DE “MADAME CURIE”

Hija de armenios, Paris Pismis nació en Estambul (Turquía), hace más años de los que en realidad aparenta. Su ilustre apellido, que en turco significa “bien cocido” o “bien maduro”, es algo así como un título nobiliario que le fue concedido al abuelo de su abuelo, entonces Ministro de Finanzas en Turquía, por cierto sultán en dificultades.

Además de armenio y turco en la “escuela primaria”, tuvo que aprender inglés y francés en la “escuela secundaria y preparatoria”. “Era una escuela americana -la American Mission Board-, una escuela que trataba de hacerse conocer en los ahora llamados países del Tercer Mundo, y Turquía era uno de ellos”, señala. Pese a las dificultades iniciales para seguir regularmente los cursos en inglés, Paris Pismis llegó a ser la primera de su promoción. Hoy, su idioma predilecto es el alemán; la inspiración de aprenderlo proviene de su gran afición: cantar Lieder de Schubert.

Después, las matemáticas llamaron su atención, que por su dificultad era algo a lo que las mujeres no solían acceder, según la creencia de entonces. Sin embargo, “si Madame Curie pudo hacer trabajos teóricos, por qué yo no”, se dijo. Paris Pismis tenía 18 años y todo el empeño por vencer el reparo a que ella, de buena familia y educada en escuelas femeninas, fuera a la universidad, donde se pensaba que las mujeres iban a divertirse o a encontrar marido. Expresado con sus propias palabras, lloró sistemáticamente hasta convencer a sus padres de que debía seguir estudiando.

En los últimos años de carrera, estudió Astronomía Teórica, llamando ya entonces la atención de su profesor. Pero tan pronto terminó los cursos, la Universidad tomó una dirección nueva “Todos los maestros fueron jubilados y sustituidos por profesores que venían de Alemania, que escapaban de Hitler. La Universidad se llenó de profesores extranjeros, el 90%. También vinieron astrónomos conocidos, y yo trabajé con alguno de ellos, como Finley Freundlich, que a diferencia de mis anteriores maestros sí había hecho investigación. Con mucha ilusión, empecé a trabajar con Freundlich, aprendí con él la astrofísica que no sabía y traduje sus cursos del inglés al turco; mientras tanto perfeccioné el alemán.”

Tras obtener el doctorado en Turquía, con una tesis dirigida por Freundlich sobre la rotación de nuestra galaxia, Paris Pismis permaneció más de tres años en Estados Unidos, en la sección de Astronomía de la Universidad de Harvard. Por esta universidad, la de mayor prestigio en aquella época, pasaban los astrónomos famosos, especialmente en 1939 (Shapley, Morgan…), con motivo de lo que fue la primera “escuela de verano”, en la que Pismis participó.

Tras casarse con Félix Recillas, un mexicano que conoció en Harvard estudiando Astronomía y hoy prestigioso doctor en Matemáticas, se marchó a México justo cuando se inauguraba el Observatorio de Astrofísica de Tonantzintla, y allí aprendió español, su sexto idioma. Cuatro años después estuvo de nuevo en Estados Unidos con una beca Guggenheim y de regreso a tierras mexicanas se incorporó a la Universidad, que tenía el Observatorio de Tacubaya, creado en 1878. “Allí empezamos a formar estudiantes. Yo era la encargada de impulsar y darle ‘sabor’ a la Astronomía. Tenía tres jóvenes que venían de la Facultad de Ciencias, Física y Matemáticas, con ellos empezamos a trabajar. Trataba de mostrar lo que tenía la Astronomía: teoría, por ejemplo, para que se dieran cuenta de que la Astronomía no es sólo ‘bla, bla, bla’, sino que tiene raíces.”

Actualmente es miembro emérito formal de la UNAM. “En México –subraya- no se tiene que hablar necesariamente de jubilación. Disfruto de todos los derechos de mi instituto, no estoy jubilada y sigo trabajando. No lo hago muy rápidamente, pero siempre pienso.” Con pasaporte mexicano, Paris Pismis sigue viajando a Turquía una vez al año. A pesar de los agotadores viajes transatlánticos, visita Esmirna, donde se encuentra el grupo de Astronomía que ella misma ayudó a crear. Ha sido y es maestra de maestros, muchos de ellos de renombre internacional. En familia, también vive rodeada de científicos: tanto sus dos hijos como su nieto, que últimamente la acompaña en sus viajes, están relacionados profesionalmente con la Astronomía y las Matemáticas.

“Astrónomo” es la profesión que acreditan sus documentos y rara vez se ha dedicado a algo que no fuera la Astronomía, abordándola tanto en trabajos teóricos como en el plano observacional. Sólo dos grandes hobbies: la música –a los siete años aprendió a tocar el piano- y la pintura. Siente el orgullo de haber pintado la primera cúpula ortogonal, telescopios a colores, un rincón del Observatorio de Tonantzintla y los maguey que desde él se observan, como si de estrellas se tratara.

ESTAMBUL: El astrónomo turco que descubrió el asteroide de un príncipe



Ilustraciones de Antoine de Saint-Exupéry para El Principito.

El Principito venía del asteroide B 612. No he encontrado referencias sobre este “pequeño planeta” (el asteroide real con esa numeración se llama Veronika y fue descubierto en 1906 por August Kopff desde el Observatorio de Heidelberg, en Alemania). Tampoco he averiguado nada sobre los seis planetas que el Principito visitó antes de la Tierra, pero por algo su existencia es mera ficción. Aun así sabemos que el asteroide tenía tres volcanes y que era tan pequeño que nuestro personaje de la literatura, con sólo mover su silla, podía ver hasta 43 puestas de sol diferentes, crepúsculos de otros tantos astros circundantes.

“Este asteroide sólo ha sido visto una vez con el telescopio, en 1909, por un astrónomo turco. El astrónomo hizo, entonces, una gran demostración de su descubrimiento en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó por culpa de su vestido. Las personas grandes son así.
Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco obligó a su pueblo, bajo pena de muerte, a vestirse a la europea. El astrónomo repitió su demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez todo el mundo compartió su opinión.
Si os he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y si os he confiado su número es por las personas grandes. Las personas grandes aman las cifras.”
(ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY. El Principito. Emecé. Barcelona, 1995. p. 19)

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 Sello postal conmemorativo del 75º aniversario de la República Turca.
Foto: Carmen del Puerto.

Con estos párrafos de su lírica parábola, el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry se mofaba tanto de los astrónomos profesionales como de la modernización turca que impulsó en 1923 Mustafá Kemal Atatürk, “el padre de los Turcos”, fundador de la República que puso fin a siglos de sultanato otomano. Los turcos cambiaron su manera de vestir tras la Primera Guerra Mundial adaptándose cada vez más a las pautas occidentales. Pero Atatürk, que murió de cirrosis, no sólo reformó el código del vestido prohibiendo el fez y el velo, también creó un estado laico, cambió el alfabeto árabe por el latino, adoptó el calendario gregoriano, abolió la poligamia, admitió mujeres en cargos públicos, cerró los monasterios de derviches y ordenó disolver los harenes. Las mujeres allí encerradas procedían en su mayoría de tierras lejanas del Imperio, eslavas de Rusia, el Cáucaso o los Balcanes (las musulmanas no podían ser esclavizadas) que habían sido secuestradas o vendidas siendo niñas. Atatürk, que no sabía qué hacer con ellas, puso un anuncio en los periódicos de aquellas regiones convocando a los posibles familiares en el palacio Topkapi a una hora de un día determinado. Su Código Civil de 1926 reconoció la igualdad de derechos de las mujeres en cuanto al divorcio, la custodia de los hijos y la herencia, entre otras leyes reformistas. No exento de la crítica, el culto a su personalidad se respira en las calles de Estambul, aunque Atatürk degradó a la ciudad trasladando la capital a Ankara.