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sábado, 14 de enero de 2012

El dulce rostro de Omaira

La niña colombiana Omaira Sánchez Garzón.
Foto: Frank Fournier.

“Lo intentaron de nuevo y aparecieron sus hombros y sus brazos, pero no pudieron moverla más, estaba atascada. Alguien sugirió que tal vez tenía las piernas comprimidas entre las ruinas de su casa, y ella dijo que no eran sólo escombros, también la sujetaban los cuerpos de sus hermanos, aferrados a ella.” 
(ISABEL ALLENDE. Cuentos de Eva Luna)

Este año habría cumplido los 40 de haber sobrevivido a la tragedia del Nevado del Ruiz en 1985. El pueblo colombiano de Armero fue arrasado por la furia del volcán y, como recuerda la periodista Maruja Torres en su valiente Mujer en guerra, “había miles de niñas Omaira en aquel devastado paisaje”. Pero la Omaira de la foto, la Omaira que siempre recordaremos con tristeza, permaneció tres días atrapada en el fango. Todos vimos su agonía en directo, por televisión, con una impotencia que nos comprimía el corazón como los escombros le comprimían a ella sus piernas. La escritora Isabel Allende también nos conmovió describiendo la terrible escena en sus Cuentos de Eva Luna. El rescate fue imposible y la gangrena gaseosa, tras ahogar las últimas palabras que la niña dirigió a su madre, se llevó esos ojos negros que tan dulcemente miraban a la cámara.

El canto del Cisne

Nube que dejó la desintegración del Challenger poco después de su lanzamiento en 1986.
Fuente: NASA.

Trabajaba en la redacción de un periódico. Escribía noticias para el recién creado suplemento de ciencia, una novedad introducida en la década de los ochenta en todos los diarios de gran tirada. El lanzamiento del transbordador Challenger desde el Centro Espacial Kennedy en Florida (EEUU) estaba previsto, tras sucesivos retrasos, para el 28 de enero, a las 11:38 hora local (16:38 UTC, hora canaria, una hora más en la Península). Pero éste no sería un lanzamiento rutinario. No por la misión en sí –poner en órbita un satélite de comunicaciones-, sino por los miembros de su tripulación. Uno de los siete astronautas que posaron para la foto con sus trajes azules de vuelo era una profesora de Secundaria, el primer ciudadano de a pie que viajaría al espacio y que impartiría clases en órbita. Recuerdo haber fantaseado ese día con la posibilidad de viajar al espacio, dado que en un vuelo posterior de la NASA estaba previsto incluir un periodista. La participación de civiles en las misiones espaciales había sido una propuesta del entonces presidente Ronald Reagan, para demostrar -¡qué ironía!- la seguridad de la astronáutica norteamericana.

A los 73 segundos del despegue, cientos de toneladas de combustible líquido envolvieron al transbordador en una bola de fuego. La nave se desintegró en el aire, aunque posiblemente los astronautas siguieron aún con vida hasta que la cabina de la nave impactó en aguas del Océano Atlántico a más de 300 kilómetros por hora. Primero lo oímos en las noticias y luego lo vimos retransmitido por televisión, y todos nos quedamos mudos de espanto. Me imagino el horror que sintieron los alumnos de New Hampshire que seguían el lanzamiento así como la angustia de los familiares que lo presenciaron desde Cabo Cañaveral.

Una mañana demasiado fría, que no se tuvo en cuenta, el mal funcionamiento de las juntas tóricas, sabido con antelación, una gestión incompetente… un cúmulo de errores que, en cualquier caso, contribuyeron a la tragedia. Y es que para mantener el ritmo de lanzamientos, a menudo –he leído- los directivos de la NASA ignoraban las normas de seguridad.

Dice una leyenda que el cisne, símbolo de armonía y belleza, emite el más melodioso de los cantos como premonición de su propia muerte. Aunque en realidad es un ave con limitadas capacidades sonoras, el gran Leonardo da Vinci también dejó escrito: “El cisne es blanco, sin ninguna mancha, y canta dulcemente antes de morir; ese canto pone fin a su vida.”. Y un cisne me recuerda la imagen que en el cielo nos dejó el accidente del Challenger, una catástrofe evitable, como ahora sabemos. Ya lo insinuó el Premio Nobel de Física Richard Feynman cuando formó parte de la comisión que investigó el desastre.

Éste es mi homenaje a los astronautas Francis Richard Scobee; Michael John Smith, Ronald McNair, Ellison Shoji Onizuka; Gregory Jarvis, Judith Arlene Resnik y Sharon Christa McAuliffe, que extiendo a todos los que han dejado su vida en la conquista del espacio.

Reportaje de "Informe Semanal", en RTVE, con motivo del 25 aniversario de la tragedia:

Las quemaduras de Kim Phuc

Imagen para no olvidar la Guerra de Vietnam.
Foto: Huynh Công Út (Nick Ut).
World Press Photo en 1972 y Pulitzer en 1973.
 

8 de junio de 1972. Carretera número 1 hacia la aldea de Trang Bang, al norte de Saigón. Combates y bombardeos entre Vietnam del Norte y Vietnam del Sur. Bombas de napalm caen sobre la aldea, cerca de la casa de Kim Phuc. Ella tiene 9 años, pero llegará a cumplir 50 gracias a que Nick Ut la lleva al hospital tras tomar la fotografía. Se someterá a 17 operaciones de injertos de piel. Todo su cuerpo presenta quemaduras. Hoy, Kim Phuc se dedica a ayudar a los niños víctimas de la guerra.

El napalm es una gasolina gelatinosa altamente inflamable y que arde lentamente. Varios países han hecho uso del napalm durante los conflictos armados, entre ellos Estados Unidos en la guerra de Vietnam. Fue prohibido en 1980 por el Protocolo III de la Convención de Ginebra, protocolo que no ha sido ratificado hasta el presente por los norteamericanos. Quizá, por eso, también lo usaron en Iraq.

Un iceberg a estribor

Cartel de la película Titanic (James Cameron, 1997).

Fue otra de las tragedias que, si bien no habíamos nacido -el hundimiento de este colosal transatlántico británico se produjo en la noche del 14 de abril de 1912 y pronto “festejaremos” el centenario-, sí la hemos revivido con Leonardo di Caprio y Kate Winslet en 1997. También hubo magníficas películas anteriores basadas en este histórico naufragio, aunque no con tanto presupuesto y glamour.

La travesía que debía conectar Southampton con Nueva York se interrumpió bruscamente frente a las costas de Terranova, en el Océano Atlántico. Un iceberg a estribor tuvo la culpa. 1.500 personas fallecieron por ahogamiento o hipotermia. Pero hubo otras causas por las que aquella colisión alcanzó tal magnitud. El capitán, en su puente de mando, mantuvo una velocidad más alta de la debida pese a la alerta por la presencia de bloques de hielo. Aunque el Carpathia llegó al escenario lo más rápido que pudo y rescató a muchos supervivientes, otro barco –el California- confundió los cohetes de auxilio del Titanic con fuegos artificiales y no acudió en su ayuda. La tripulación no supo evacuar a los pasajeros por carecer de formación. Y sólo se dispuso de la mitad de los botes salvavidas que eran necesarios. Overbooking: 2.227 pasajeros, cuando sólo podían acceder a las balsas 1.178. Nadie había previsto la remota posibilidad de un hundimiento. Sólo se “salvaron” de los reproches –que no de ahogarse- los músicos de la orquesta, la Wallace Hartley Band, que siguió tocando alegres melodías incluso con el agua al cuello.

Muchos cadáveres y muchos tesoros –no olvidemos que el Titanic, con cuatro chimeneas, era toda una metáfora de lujo y ostentación- quedaron sumergidos en las oscuras aguas de las profundidades marinas. Justo lo necesario para seguir alimentando tanto la codicia humana como el mito.

La amenaza nuclear

 El hongo que produjo la Bomba del Zar en 1961.

El Sol es una central nuclear de fusión (que transforma hidrógeno en helio) capaz de proporcionar 386 trillones de megavatios. Un 1,38% de su potencia fue la irradiada por la temible “Bomba del Zar”, con sus 57 megatones, lanzada por la Unión Soviética en 1961 (el año que nací) sobre el archipiélago de Nueva Zembla, en el Océano Ártico. Fue 2.500 veces más potente que las bombas, aún frescas en nuestra memoria, de Hiroshima y Nagasaki, ataques nucleares que fueron ordenados por el presidente de Estados Unidos Harry Truman y que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial.

Hablando de energía nuclear, cómo no recordar también las recientes fugas radiactivas en la planta de Fukushima tras el terrible terremoto-tsunami que sacudió Japón en 2011; cómo no recordar el accidente de Chernóbyl (Ucrania) en 1986, uno de los mayores desastres medioambientales de la historia; cómo no recordar el estreno en 1979 de la película El síndrome de China, seguido dos semanas después por el accidente de Three Mile Island, en Pensilvania (EEUU).

La verdad es que siempre me ha estremecido todo lo relacionado con el peligro nuclear, ya fuera por un exceso de radiación en medicina, por accidentes en las centrales térmicas o por el uso de armas que liberan energía nuclear a gran escala. Y ello a pesar de la belleza de las nubes en forma de hongo o seta que produce la explosión de una bomba atómica.

La rana roja de Haití

Foto: Iván Martínez

Dos años de la tragedia de Haití. Doscientos años de la Constitución de las Cortes de Cádiz. Lo primero lo recordamos con indignación por sus 230.000 muertos, sus 500.000 personas sin hogar, la epidemia de cólera y, sobre todo, porque la ayuda prometida por la comunidad internacional no termina de llegar a su destino. Lo segundo lo vamos a celebrar por todo lo grande.

La Española, una de las islas de las Antillas Mayores del Caribe, que fue el primer asentamiento europeo en América, hoy cobija dos estados soberanos: la República Dominicana y Haití, que en términos coloniales fueron Santo Domingo y Saint-Dominque, respectivamente. Bartolomé de las Casas y otros documentaron que la isla fue llamada Haití (“Tierra montañosa”) por los taínos, sus primeros pobladores, aunque después se matizó que sólo se llamaba así la parte más occidental.

Y por toda esta confusa terminología, me vienen a la memoria dos acuerdos de Paz, el Tratado de Rijswijk (Países Bajos) de 1697, al finalizar la Guerra de los Nueve Años entre Francia y Gran Bretaña, por la que el primero obtuvo de España, entre otros territorios, la parte de La Española más occidental (Haití) a cambio de recuperar Cataluña. Posteriormente, en la Paz de Basilea (Suiza) de 1795, España cedió a Francia su parte de la isla de Santo Domingo y ciertas ventajas económicas a cambio de la retirada francesa de los territorios peninsulares conquistados. Fue así como la mayor parte de La Española se convirtió en la moneda de cambio con que Manuel Godoy, un personaje de novela, pagó a la Convención francesa por recuperar Guipúzcoa. Dicen que fue un mal negocio porque en aquel momento la isla antillana era potencia mundial en la producción de azúcar.

No sé, pero intuyo que la Francia colonial y el Príncipe de la Paz y Duque de Alcudia Manuel Godoy y Álvarez de Faria tuvieron, aunque remota, alguna responsabilidad en la tragedia de Haití. Este país ya era el más pobre de América, con varios golpes de Estado en su historia, cuando fue asolada por el salvaje terremoto del 12 de enero de 2010, con el epicentro en Puerto Príncipe, la capital. Una catástrofe natural que dejaba pequeña aquella otra de 1972, cuando Managua, la capital de Nicaragua, también fue destruida por un seísmo de gran magnitud.

No he leído literatura haitiana, pero recuerdo con placer la novela Tú, la oscuridad, de la cubana Mayra Montero, en la que un herpetólogo (experto en ranas y sapos) busca en Haití una rana roja en extinción, que probablemente ya no encontraría.

España

España (1938), de Salvador Dalí.
Museo Boijmans-Van Beuningen (Rotterdam, Países Bajos).
Colección particular.


Para que no olvidemos nunca el horror de la Guerra Civil Española, podemos elegir entre leer uno de los últimos best sellers, como Tiempo entre costuras, de María Dueñas, volver a ver en teatro, o en cine, Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez, o reflexionar sobre el sufrimiento contemplando el Guernica, de Pablo Picasso. Como otros vergonzosos episodios de la Historia, como otras guerras siempre injustificadas, aquella tragedia no debe arrinconarse en la memoria y todos hemos de esforzarnos por combatir esa cruel enfermedad llamada “Alzheimer”. Yo quiero contribuir a la causa con este comentario que escribí hace treinta años sobre un cuadro de Dalí. De nuevo el arte como respuesta.

ESTUDIO PARA ESPAÑA

“El movimiento surrealista alcanza su apoteosis en 1938, merced a la gran exposición internacional de esta fecha. Dalí y Gala huyen de los horrores de la Guerra Civil Española. Se instalan en Italia. Y el pintor catalán es fuertemente criticado en los círculos surrealistas (el surrealismo era de izquierda radical en lo que respecta a compromiso político). “La Guerra Civil Española no alteró ninguna de mis ideas. Por el contrario, dotó su evolución de un rigor decisivo. El horror y la aversión a toda clase de revolución tornó en mí una forma casi patológica”. Dalí reconoce que, a partir de ese momento, sus telas se vieron invadidas por la brutalidad monstruosa del conflicto. Su obra, España, sin ir más lejos, suma a la expresividad estética el “repudio a la podredumbre moral” de la guerra.

En este cuadro daliniano aparece una figura femenina cuyo rostro “desaparece”. La cabeza ha sido sustituida, o formada, por una escena de una batalla ecuestre (ver el boceto antes del cuadro). Este combate de caballeros sobre un fondo arenoso monocromo recuerda al fondo inacabado de La Adoración de los Magos, de Leonardo da Vinci, quien pertenece a la pléyade de héroes del Renacimiento admirados por Dalí. Las razones de la elección de Leonardo son evidentes: “Se revela como un innovador auténtico de la pintura paranoica”. Con él comparte el inestable equilibrio entre luz y sombra, el nuevo sentimiento del paisaje, la armonía y la delicadeza con que trata a la figura. Dalí huye, sin embargo, de la composición piramidal de La Gioconda.

En el rostro de mujer y en su actitud apreciamos un tinte melancólico, reflejo de un alma insatisfecha. Esa mujer es España, con África al fondo y un león herido a su lado. Y a ella se aplica lo que el propio Dalí escribió sobre Ofelias y Beatrices: “Existe un esfuerzo doloroso y desfalleciente del cuello por sostener esas cabezas de mujer de ojos cargados de lágrimas consteladas, de espesas cabelleras cargadas de fatiga luminosa y de halos. Existe una laxitud incurable de hombros hundidos bajo el peso de la eclosión de esa legendaria primavera necrofílica de la que Botticelli habló vagamente”.

Dalí aún sigue buscando la realidad en los confines del sueño. “Los desastres de la guerra y revolución en que estaba sumergido mi país contribuyeron sólo a intensificar la completamente inicial violencia de mi pasión estética”. Esclavo de las formas renacentistas, Dalí sabe dar una versión inmóvil y concentrada de ese mundo disperso, donde todo se pierde o se diluye en formas renovadas. “…y mientras mi país interrogaba a la muerte y a la destrucción, yo interrogaba a esta otra esfinge del inminente devenir europeo, la del Renacimiento.”


(De nuevo, gracias, Maryola, por ayudarme a recuperar este texto que no existía digitalmente antes de que tú me lo copiaras)