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viernes, 9 de noviembre de 2012

MIRADAS CORDOBESAS: Detrás de las cortinas

Fachada de la Plaza del Triunfo de Córdoba.
Foto: Carmen del Puerto.

Observa esta fachada neomudéjar de color pardo recién pintada. Alguien ha recogido el tupido cortinaje canelo de la última ventana, en la esquina inferior derecha, rompiendo la simetría de la composición. Pero ese desconocido –hombre o mujer- se oculta tras los visillos bordados de color blanco, ignorando que yo, una turista accidental, que he visto muchas películas, le estoy apuntando con mi indiscreta cámara de fotos. Quizá sea un ladrón que ha entrado a robar en la casa y necesita luz para dar con la caja fuerte. Quizá sea una joven Capuleto haciendo señales a su ardiente Montesco, pese al obstinado veto familiar. En cualquier caso, llamaré al blade runner Harrison Ford para que, con su máquina Esper, amplíe la imagen hasta el infinito. Y, quién sabe, quizá descubra a un replicante Nexus 6 detrás de las cortinas diciendo: “Yo he visto cosas que vosotros no podríais creer, naves de ataque ardiendo más allá de Orión, rayos C brillando más allá de la Puerta de Tannhäuser…Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

MIRADAS CORDOBESAS: La mentira del pasodoble

Fragmento de Córdoba 1916, cartel anunciador de una feria cordobesa, de Julio Romero de Torres. 
Museo Julio Romero de Torres (Córdoba).
Foto: Carmen del Puerto.

Me perturba su mirada, quizá porque la capté furtivamente, cuando ella se escondía tras las puertas de la casa museo del pintor cordobés Julio Romero de Torres. No estaba sola, una morena de copla la acompañaba. Las dos posaron para el Cartel de la feria cordobesa de Nuestra Señora de la Salud de 1916, con la ciudad andaluza y el río Guadalquivir a sus espaldas. Una de perfil, con un vestido bordado, recogido con una flor roja en la cintura, cubierta con una mantilla blanca sobre los hombros y con aires urbanos. La otra, la Gioconda de esta entrada, con su sobrio atuendo de campesina, más una hoz y un cesto con flores y frutas a su lado. No era la morena de ojos negros que ilustraba el dorso de los billetes de cien pesetas emitidos por el Banco de España de 1953 a 1978. ¡Por cuántas manos no pasaría aquélla! Tampoco la otra morena del pasodoble, la de los rojos claveles y la reja florida, la del bordado mantón y la alegre guitarra. Julio Romero de Torres también pintó a la mujer pelirroja y de ojos verdes que te está mirando desde el bazar de la Retórica.

“La Morena de mi Copla”, de Manolo Escobar:

MIRADAS CORDOBESAS: Dilema fotográfico


Detalle de un arco lobulado de la Mezquita de Córdoba, con y sin flash.
Fotos: Carmen del Puerto.
 
Reconozco que no sé nada de Fotografía y que, a pesar de las múltiples opciones de mi cámara digital y de explicaciones de entendidos, lo mío es fidelidad ciega al modo automático. Por eso siempre dudo entre activar o no el flash cuando no tengo luz suficiente. Muchas veces opto por duplicar la foto, sacando una “con” y otra “sin”, para después eliminar la de peor resultado. En el caso de estas dos imágenes de un arco lobulado de la soberbia Mezquita de Córdoba, me resisto a borrar ninguna. No sé qué pensarán Abderramán I y herederos al respecto, pero espero que Almanzor no salga de su tumba y me denuncie por haber alterado sin permiso la imagen corporativa de los Omeya.

MIRADAS CORDOBESAS: Elogio de Séneca

Estatua de Séneca en Córdoba, situada junto a la Puerta de Almodóvar.
Foto: Carmen del Puerto.

Me llamo Lucio Anneo Séneca, hijo de Marco Anneo Séneca el Retórico, y soy motivo de orgullo en Córdoba, aun no habiéndose comprobado que naciera en esta tierra, capital romana de la provincia Bética. Fui un filósofo moralista, severo y estoico, si bien muchos me consideraron hipócrata, adúltero y corrupto. Sentenciado por Calígula y desterrado por Claudio, también ejercí el poder detrás del solio imperial romano hasta que Nerón, mi pupilo, se volvió un cruel psicópata, enfermizo megalómano. Tuve que justificar ante el Senado el asesinato de Agripina, su madre y mi gran valedora, que siguió la suerte de otros, como Británico y Octavia.

Me suicidé, sí, “en la adversidad conviene muchas veces tomar un camino atrevido”. Pero Nerón ya me había condenado a muerte por supuesta conjura invitándome a que me suicidara, fin moralmente más digno. Primero me abrí las venas, cortándome brazos y piernas. Como no fue suficiente, me bebí la cicuta que me proporcionó mi médico personal. Pero la muerte se me resistía, hasta que, acordándome de mi asma, conseguí asfixiarme con el vapor de un baño caliente.

Dije aquello de que “la recompensa de una buena acción es haberla hecho” y de que “pobre no es el que tiene poco, sino el que mucho desea”. He escrito sobre la ira, la providencia y la brevedad de la vida. También sobre la naturaleza, regida por la razón y alejada de supersticiones. Y desde la Consolación a Helvia, mi madre ausente, hasta la sátira que compuse para el divino Claudio. Ya en el siglo I de nuestra era defendí la igualdad entre los hombres y censuré la esclavitud. Hoy te miro desde lo alto de este pedestal, de pie, togado y portando un rollo de papiro en la mano con las últimas becas del Ministerio.

MIRADAS CORDOBESAS: El arco del triunfo

Resto de un arco original de las primeras fases de construcción de la Mezquita de Córdoba.
Foto: Carmen del Puerto.

Te veneran como al anciano de la aldea. Los arqueólogos te miman. Los turistas te sacan fotos. No eres un arco del triunfo, pero has resistido el paso del tiempo. Tu deterioro físico es evidente. ¡Tantos siglos de vida! ¡Tantas obras! ¡Tantos derribos! Pero aún conservas parte de tu belleza, como las grandes estrellas de cine. Has sabido envejecer con dignidad, dejando la cirugía para otros. Escondido entre un bosque de más de mil columnas y eclipsado por arcos más jóvenes o restaurados, hoy eres el testigo mudo de un pasado glorioso y formas parte del orgullo de un santuario, llámese mezquita o catedral de Córdoba.