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sábado, 21 de enero de 2012

Fontanería de vanguardia

Detalle de un lateral del Centro George Pompidou, en París.
Foto: Carmen del Puerto.

Uno de mis primeros reportajes como periodista en formación surgió para ilustrar, con ayuda de unos textos, una colección de diapositivas sobre el Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou, hoy Centro Pompidou, que había sido inaugurado unos años antes, en 1977. Yo no tuve oportunidad de conocer y valorar personalmente este magnífico museo hasta mucho tiempo después. Creo que, en esencia, mi reportaje de los ochenta no ha perdido mucha actualidad.


EL CENTRO GEORGES POMPIDOU, FONTANERÍA DE VANGUARDIA

“Cien mil metros cuadrados tiene el centro Georges Pompidou, el supermercado de cultura que, con aspecto de gigantesco trabajo de fontanería, se alza en la parisina plaza de Beaubourg. A este templo funerario que Pompidou se otorgó acuden diariamente miles de personas que no recordarían a su promotor si no fuera por una imagen inmensa del extinto premier francés presidiendo la entrada. Además de un alarde futurista de arquitectura, el centro Pompidou es un “lugar de movimiento, de diálogo y de dialéctica”, según su presidente [de entonces] Jean Millier. Y como antesala, una plaza repleta de barricadas humanas, de transeúntes que se agolpan como pétalos de un florido de bohemia artística y musical. 

Vista parcial de la Plaza de Beaubourg, con la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre en el horizonte. 
Imagen tomada desde el último nivel del Centro Pompidou.
Foto: Carmen del Puerto.

 
TUMBA FARAONICA POMPIDOU

Georges Pompidou se planteó una inmortalidad egipcia, híbrida de gigante funerario y de futurismo rabioso. El resultado fue un vasto almacén de cultura, el Centro Georges Pompidou, basado en una “arquitectura hidráulica” que recuerda al entramado del sistema de suspensión del Citroen o a la sala de máquinas de un trasatlántico.

Fachada principal del Centro Pompidou.
Foto: Carmen del Puerto.

El Centro Georges Pompidou es algo así como el temible monstruo del Lago Ness, pero en versión francesa y anclado en la parisina plaza de Beaubourg. Nadie duda de su existencia. Millones de personas aseguran haberlo visto asomar la cabeza por encima de los siglos y del viejo barrio de Marais. En efecto, un monstruo que, a juicio de algunos, amenaza con destruir el prestigio histórico de sus alrededores. Otros, en cambio, y lejos de considerarlo un insulto a la memoria de la Revolución, ven en el aspecto futurista de este centro una fiel interpretación del lenguaje arquitectónico de las vanguardias de los años 20.

Interiores del Centro Pompidou.
Foto: Carmen del Puerto.

En cualquier caso, todas las polémicas suscitadas en torno a la arquitectura de este coloso galo se reducen a una mera cuestión de estética, y no por ello deja de ser, junto a la Torre Eiffel, uno de los monumentos más visitados de Francia. Tanto la Torre Eiffel como el Centro Georges Pompidou fueron clasificados en su día como un montón de “chatarra ordenada”. El gran Nessy francés, hijo de Henzo Piano y de Richard Hogers, alcanza los 42 metros de altura, 166 de largo y 60 de ancho. El 70% de los 100.000 metros cuadrados de superficie es útil para almacenamiento y uso de cultura, gracias a la funcionalidad de las ventanas diagonales y a la ausencia de tabiques. El sistema vertebral está engarzado por “gerberettes” y enormes vigas metálicas que atraviesan el monstruo de este a oeste.

El centro Georges Pompidou, por uno de sus costados, parece una obra de fontanería mimetizada de colores vivos (rojo para transportes, azul para el aire acondicionado, amarillo para la electricidad y verde para el agua), venas y arterias de “un lugar de movimiento, de diálogos y de dialéctica”, según palabras de su presidente Jean Miller.

El contenido de este espacio pluridisciplinario se presenta con una encrucijada de ideas alrededor de cuatro polos de atracción: el Museo Nacional de Arte Moderno, mostrando la actualidad artística y guardando obras ejemplares; el Centro de Creación Industrial, buscando iniciar a un amplio público un nuevo conocimiento de su entorno; la Biblioteca Pública de Información, ofreciendo un libre acceso y el I.R.C.A.M (Instituto de Investigación y Coordinación Acústica), proponiendo explorar las nuevas posibilidades que ofrecen a los compositores y a los intérpretes las técnicas recientes del sonido.

 
Plaza de Beaubourg desde el último nivel del Centro Pompidou.
Foto: Carmen del Puerto.

EL MAYOR “INGENIO” DEL MUNDO

Pero mientras que en el interior un mundo de documentación recogida en formas tradicionales (libros, revistas, fotos,...) o en electrónicas sofisticada (vídeos, cerebros electrónicos) da alimento a curiosos y estudiosos, en la plaza que sirve de antesala otro mundo de farándula y bohemia entra en competición.

Un malabarista con antorchas de fuego y gorro de aviador de los años veinte mantiene absortos a una treintena de transeúntes que no saben dónde acabará la pantomima. Un encadenado houdinesco y felliniano gira sobre sí mismo para deshacerse de veinte metros de férreo collar. Los corros esperan que el “milagro”, “la magia”, no se cumpla para entrar más en una comunicación con el ingenio popular que con la admiración al “superhombre”. En el aire vibra un fondo musical, predominando ritmo de bombos, tambores y tantanes. Mientras, el concertista de guitarra que distrae a un reducido grupo de sanos envidiosos queda esquinado como si no quisiera molestar a los otros corros masivos. Todo es posible en esta “plaza de los ingenios”, vigilada por gigantescos periscopios de chapa y por el rampante gusano de la escalera mecánica.

Los melancólicos acordeones están ausentes. También los fotógrafos de caja y trípode de madera. La invasión niko-japonesa y el sonido de África y América Latina han dado el paso gigante a la vanguardia que trae el presente-futuro. Una batería de dibujantes francotiradores se alinea en la entrada del Centro Georges Pompidou. Hacen lo que ninguna técnica fotográfica puede resolver, que la persona se parezca al retrato y que, además, salga agraciada.

Una vez superada la barricada artístico-popular de la plaza, como otro mayo francés, se entra en la maquinaria del proceso de almacenamiento de la cultura, despistados como en los chaplinianos “Tiempos Modernos”. Luego, distintos “lazarillos” orientan al visitante del amazónico hormigueo de acero y cristal. Una exposición escultórico-musical, un documental en vídeo del Che Guevara, una sala de pantalla continua y múltiple donde un espectáculo ecológico audiovisual es observado por un público que se acomoda por los suelos... Más y más sorpresas en una suerte de supermercado cultural donde (¡milagro!) casi todo es gratis.” 

(Gracias, Maryola, de nuevo, por transcribir los textos)
 

El árbol azul ultramar

L’Arbre, grande éponge bleue (1962), escultura (pigmento puro y resina sintética sobre yeso y una esponja) del artista Yves Klein expuesta en el Centro Pompidou de París.
Foto: Carmen del Puerto.

Aunque le he puesto un marco, no es una pintura. Pero a un místico artista francés llamado Yves Klein (1928-1962) –que quizá fuera daltónico- le dio por pintar los árboles de azul. De un azul intenso, monocromo, que él mismo patentó con su nombre: el ultramar “Internacional Klein Blue (IKB)”, creado con ayuda de un amigo químico. Su azul es utilizado hoy por diseñadores de las grandes firmas de moda, que también lo llaman “azul klein” o “azul eléctrico”, un tono azulón (termino más prosaico) que favorece siempre y que es fácil de combinar, idealmente con dorado, plateado y negro.

Lo de azul ultramar le vendría a Klein, hijo a su vez de pintores vanguardistas, de haber estudiado en la Escuela Nacional de la Marina Mercante. Y su filosofía, así como sus originales técnicas para pintar, de pasar por la Escuela Nacional de Lenguas Orientales, donde se formó en artes marciales, que practicó profesionalmente y aplicó a su producción artística.

Para componer sus obras, embadurnaba de azul a mujeres desnudas que luego estampaba en lienzos extendidos en la pared o en el suelo, dejando allí las huellas de sus cuerpos. A pesar del “maltrato” a las modelos, convertidas en “brochas vivientes” que eliminaban la mano del artista, estas polémicas “antropometrías” se hicieron famosas.

También lo fue una exposición titulada Vacío (1958), que consistió en dejar un espacio completamente desnudo, una habitación con las paredes pintadas de blanco para que el espectador percibiera el arte y la sensibilidad a su alrededor.

Este dadaísta, padre del Body Art, que pintaba con esponjas o con fuego, haciendo happenings y performances en público, acompañadas de músicos, y capaz de arrojar sus ganancias al Sena, también intentó viajar a la Luna. En su Salto al vacío, una conocida fotografía de sí mismo flotando en el aire y venciendo a la gravedad (obviamente, un fotomontaje), se consagró como “el artista del espacio". Y es que su imaginación nunca tuvo límites.
 
 

Arte cinético

Detalle del Salon Agam o Kinetic Hall (1972), la instalación que el artista israelí Yaacov Agam hizo 
para los aposentos privados de Georges Pompidou en el palacio del Elíseo.
En primer plano, la escultura Triangle volant (Triángulo volando).
Centro George Pompidou de París.
Foto: Carmen del Puerto.

La cuarta dimensión. El espacio-tiempo. Arte cinético. Mobiliario de vanguardia. Un diálogo permanente con el público. Luz y color. La mañana y la noche. Blanco y negro. Un techo azul. Una estética diferente. Un entorno visualmente complejo. Paredes cubiertas con murales polimórficos de imágenes cambiantes. Puertas correderas, entradas policromadas. Ilusionismo. Engaños ópticos. Arriba y abajo en movimiento. Geometría con alfombra. Metamorfosis permanente. El sueño de un presidente que, situado entre Charles de Gaulle y Valéry Giscard dÉstaing, apoyó políticamente el arte contemporáneo. Hoy, en el moderno museo que lleva su nombre.

Los colores de Kandinsky

Amarillo, Rojo, Azul (1925), pintura de Vassily Kandinsky,
expuesta en el Centro Pompidou de París.
Foto: Carmen del Puerto.

Ahora mismo tengo esta imagen de fondo de escritorio en mi ordenador. Vassily Kandinsky pintó este cuadro de intensos colores para mí, aunque luego se lo regaló a la rusa Nina Andreievsky, que no lo valoró como yo y acabó donándolo al Museo Nacional de Arte Moderno de París. Nunca entenderé cómo tan bella sinfonía de líneas y colores, de tan cálida geometría cromática y tan apasionado expresionismo abstracto, que incluso invita al optimismo, terminó en manos de una mujer casi treinta años más joven que el pintor ruso. Pero, a pesar de mis celos, no fui yo quien mató en 1980, en su villa suiza, a la viuda de Vassily.

La cuadratura del círculo

Sin título (Tondo) (2006), de la artista alemana Katharina Grosse,
expuesto en el Centro Pompidou de París.
Foto: Carmen del Puerto.

Los matemáticos griegos, que de geometría sabían mucho, intentaron cuadrar superficies irregulares con el fin de simplificar el cálculo de sus áreas. Y consiguieron cuadrar, con sus limitados instrumentos, cualquier superficie poligonal descomponiendo los polígonos en triángulos. Pero no así el círculo, por culpa del peculiar número Pi, como demostró el matemático alemán Ferdinand Lindemann muchos siglos después, en 1882. Hoy, la cuadratura del círculo sigue siendo un problema matemático sin resolver. Es imposible obtener, con sólo regla y compás –y ésta es la condición a tener en cuenta-, un cuadrado con una superficie igual a la de un círculo dado. Imposible propósito que, en sentido figurado, hallamos en tantas metas inalcanzables de la vida.