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sábado, 18 de febrero de 2012

Era la noche un disfraz

Panorámica de Venecia, la ciudad de elegantes enmascarados.
Foto: Carmen del Puerto.

CRÓNICA DE CARNAVALES

Allí todas las pasiones se daban cita. Unas por su altura y otras por su mala reputación. Pero renombradas o populares, castas o impuras, era la noche un disfraz.

Allí estábamos, cansados de rutina, de vernos siempre la misma expresión de fatiga en el rostro, escondidos tras un antifaz de fantasía, recuperando tradiciones que antaño marcaban el paso del tiempo.

Don Carnal y doña Cuaresma en lucha. Venció lo afrodisíaco, lo digestivo y lo sensual. Y allí, enfundados en nuestras capas, lo comprendimos. El duelo entre buenas y malas costumbres, favoreciendo una vez más al dios del vino, del buen comer y de la orgía.

Allí todo estaba permitido: la sátira al vecino y al orden impuesto, la alternancia de papeles, la máscara, el desenfreno, la voluptuosidad. Pero, pese al demonio, todo fue como Dios manda: baile y alegría hasta el amanecer. Ni saturnales ni conjuras mezquinas, sino costumbres paganas tan arraigadas en el espíritu de los pueblos que hasta los Padres de la Iglesia se vieron obligados a respetarlas en el pasado. “Carnestolendas”, a veces también prohibidas.

Pero no nos engañemos, aquello terminó un miércoles de ceniza. La Cuaresma se vengó de nuestra frivolidad y, con desconsuelo, enterramos a la sardina para no faltar a la costumbre. Se impuso el arrepentimiento y nos mudamos del pecado a la penitencia, del empacho al ayuno. Desvanecida la fiebre común de los carnavales, ya sólo quedó la esperanza de los que vendrán. Y, en la memoria, un baile de máscaras porque, una vez más, fue la noche un disfraz.

Roles en Carnaval

 
Niños disfrazadas en el “Carnevale dei Bambini a Piazza del Carmine”, en Nápoles (Italia).
Fotos: Carmen del Puerto.

Nos hacen sonreír, pero ¿deberíamos poner límites en algunos casos? Por favor, dejen sus comentarios a continuación.

El cuento de la mariquita


Niño disfrazado en el Carnaval de Nápoles (Italia).
Foto: Carmen del Puerto.

Una inquieta mariquita paseaba por las calles de una ciudad bullanguera. Su inestable forma de caminar preocupaba a su progenitor, que la acompañaba pendiente de una posible caída. Pero la pequeña coleóptera no quería darle una de sus patas, ni siquiera una antena. Se sentía orgullosa del vivo color de sus moteados élitros, las gruesas alas que le hacían de caparazón. Sabía que el rojo de su espalda mantendría alejados a sus depredadores. Ufana, siguió haciendo pruebas de equilibrio y negándose a la ayuda paterna. Posiblemente, nuestra valiente mariquita soñaba con ir al espacio y formar parte de una misión científica sobre el comportamiento de los artrópodos en condiciones de microgravedad. Y es que la vida es sueño, pero también un carnaval.

A una nariz

Máscara napolitana de Polichinela.
Foto: Laura PDP.

Podría parecerlo, pero Francisco de Quevedo no pensaba en el Polichinela de la Comedia del Arte, donde tanto se improvisaba. No se inspiró en el personaje napolitano de prominente y aguileña nariz que imponía su criterio a garrotazos. El escritor, de gafas homónimas, parodiaba a su coetáneo Luis de Góngora con superlativas metáforas en torno a su apéndice nasal. Conceptismo mofándose del Culteranismo en un satírico soneto que estudiamos en la escuela e ingeniosa manifestación de la rivalidad literaria que, más allá de la retórica, existía entre estos dos poetas barrocos.

A UNA NARIZ

 Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

La niña del confetti

Niña disfrazada en una calle de Nápoles.
Foto: Carmen del Puerto.

Sus padres atienden un puesto de confetti en una calle de Nápoles, mientras ella luce un elaborado vestido de época sobre una alfombra de coloridas trizas de papel. Es Carnaval y hay que darle un tono festivo a la celebración. De modo que la niña hace lo propio y se divierte lanzando al aire una lluvia de confetti. Pero mi mirada digital la intimida. Quizá tema ser reprendida por su cándida inocencia, como si yo fuera un carabinieri que fuera a desmantelar el negocio familiar. Pero unos segundos después, la bambina me sonríe. El miedo ha pasado y la fiesta continúa.

Arlequinas

Jóvenes sorrentinas disfrazadas de arlequinas en época de Carnaval. 
Foto: Carmen del Puerto.

No son musas de Picasso, aunque el pintor malagueño incorporó arlequines a su compleja iconografía. Las jóvenes sorrentinas de la foto son modelos ocasionales. Con sonrisas, rombos y pompones, posan sin saberlo para el bazar de la Retórica. Y con su cromático disfraz, me permiten rendir tributo a la “Comedia del Arte”: un teatro de máscaras, de las que se libraban los personajes femeninos, con la excepción a veces de la ingeniosa sirvienta Colombina (también llamada Arlequina), por la que hoy se conoce una famosa máscara veneciana. Tampoco se enmascaraban Pedrolino (Pierrot), con su cara enharinada, y los enamorados, cuyos rostros debían expresar abiertamente sus sentimientos. Los estereotipados personajes masculinos (Arlequín, Briguella, Il’Dottore, Il’Capitano, Polichinela, Somardino, Pantalone…) se ocultaban, en cambio, tras una media máscara de Carnaval que sólo les cubría los ojos y la nariz y dejaba despejada la boca para hablar sin obstáculos. La máscara, que había sido condenada por la Iglesia, resumía todas las características psicológicas de cada personaje. Pero de la Comedia del Arte me interesa destacar la presencia de la mujer en el oficio teatral, un logro progresista en la Italia del siglo XVI. Por la misma época, las menos liberales compañías de teatro inglesas sólo contrataban a hombres, que hacían, travestidos, los papeles femeninos.