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sábado, 28 de enero de 2012

EN LAS ANTÍPODAS: Plateros australianos

 A la izquierda, koala en el Healesville Wildlife Sanctuary, próximo a Melbourne (Australia). A la derecha, koala en lo alto de un eucalipto, en el Parque Nacional Flinders Chase en Kangaroo Island (Australia).
Fotos: Carmen del Puerto.

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.” Pero este Platero no es el tierno y mimoso burrito del Premio Nobel Juan Ramón Jiménez, no trota alegremente por los prados andaluces, no pasea a los niños en su lomo. Este Platero australiano vive encaramado en lo alto de un eucalipto, duerme 20 horas al día y es uno de los iconos más conocidos del país de las antípodas. Hoy, un marsupial en peligro de extinción, como muchas otras especies.

EN LAS ANTÍPODAS: Disecando al demonio

 Demonio de Tasmania disecado, expuesto en el Healesville Wildlife Sanctuary, próximo a Melbourne (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.
 

Muchos supimos de la existencia de esta especie autóctona australiana gracias a la baraja de cartas infantil editada por Fournier con los personajes animados de la Warner Bros. Con ella jugábamos a “La Mona”, que consistía en formar parejas de cartas iguales con las imágenes de los Looney Tunes: Piolín, Silvestre, Bugs Bunny, Pato Lucas, Coyote, Correcaminos, Porky Pig, Gallo Claudio, Elmer Gruñón, Sam Bigotes… Perdía el que no lograba deshacerse de la única carta sin pareja. Y ésta era… el Demonio de Tasmania. La idea central de su caricatura en la serie de dibujos animados era su apetito feroz, que reforzaban sus largos y afilados dientes caninos y sus gruñidos, en consonancia con su imagen real. Un aspecto de vampiro negro que justifica el nombre de este marsupial carnívoro y carroñero, hoy, sin embargo, en peligro de extinción.

EN LAS ANTÍPODAS: “Un, dos, tres… responda otra vez”

 Equidna de hocico corto disecado, en la exposición del Centro de Visitantes
de Ayers Rock (Australia).

Foto: Carmen del Puerto. 

Toda la familia se sienta ante el televisor. Se oye la sintonía del programa. Comienza el concurso “Un, dos, tres… responda otra vez”. Lo dirige el genial Narciso Ibáñez Serrador (Chicho), siempre con un puro en la mano. Lo presenta primero el peruano Kiko Ledgard y luego la cubana Mayra Gómez Kemp, seguida de otros. Lo animan en sus orígenes don Cicuta y los Tacañones, después, las Tacañonas, más todos los humoristas de la época. Las guapas azafatas o secretarias de grandes gafas redondas –con Victoria Abril, entre otras famosas- van vestidas de piratas, es el tema que toca. El programa se divide en tres partes. Empecemos por Preguntas y Respuestas. Los concursantes son amigos y residentes en Tenerife. “Por 25 pesetas, especies animales australianas. Un, dos, tres… responda otra vez”. Y el reloj con su tic tac se pone en marcha:

“Canguro (podríamos precisar rojo, gris…, que esto también vale), ualabí, koala, ornitorrinco, equidna, cucaburra, lechuza del antifaz, cocodrilo marino, ibis, emú, dingo, demonio de Tasmania, wombat, dugong, ave lira, agua viva Box Jellyfish, zarigüeya, serpiente Taipan, (silencio)… conejo…” Suena la campana. Pareado: “Con conejo algo falla, no es oriundo de Australia”. Escuchemos la voz de los supertacañones… La respuesta se da por válida, aunque sea una especie europea introducida en las antípodas por los colonos ingleses.

Más de 3.000 especies, otras tantas respuestas acertadas, a 25 pesetas cada una, 75.000 pesetas, por lo menos. Pasamos a la eliminatoria y luego a la subasta, a ver si nos toca el coche, el viaje o el apartamento, que no Ruperta, la calabaza.

Sobre animalitos de las antípodas, ver también anteriores entradas:
EN LAS ANTÍPODAS: A pesar de la ponzoña

EN LAS ANTÍPODAS: La risa de la cucaburra y otros relatos de terror

Espectáculo para turistas en Kangaroo Island (Australia).
Fotos: Carmen del Puerto.

Las cucaburras empezaron a bailar en su brazo al ritmo de la música. Al principio, todos sonreímos y aplaudimos los movimientos sincronizados de estos simpáticos pájaros. Pero luego advertimos que las aves emitían un sonido estridente, una risa casi humana, yo diría que maléfica. Y entonces ya no nos hicieron tanta gracia, como tampoco nos la hacen las hienas cuando ríen. Luego llegó la lechuza del antifaz, que nos miraba con extraña fijeza, induciéndonos una suerte de anestesia hipnótica. Por último, el águila de plumaje oscuro sobrevoló nuestras cabezas y a punto estuvo de atrapar alguna entre sus garras…

Lo anterior es una ficción inspirada en una demostración de vuelo libre de aves predadoras australianas. Pero este show para turistas también podría haber inspirado a Alfred Hitchcock su clásico cinematográfico (Los pájaros, 1963), como lo hizo el escalofriante relato de Daphne du Maurier en el que se basó. Ella se inspiró, a su vez, en las gaviotas que veía cuando paseaba por los acantilados de Cornualles y que se lanzaban en picado sobre gusanos. ¿Qué pasaría si lo hicieran sobre la humanidad? Muchos han visto en esta amenaza una metáfora ecologista: la venganza de la naturaleza ante una actuación desconsiderada sobre el planeta que está poniendo en peligro su biodiversidad.
  
 La gaviota “asesina” de Daphne du Maurier en el Fish Market de Sidney (Australia)
Foto: Carmen del Puerto.

EN LAS ANTÍPODAS: El canguro rojo

 
 Canguros rojos en el Healesville Wildlife Sanctuary, próximo a Melbourne (Australia).
Fotos: Carmen del Puerto.

No me acostumbro a estar encerrado, por mucho que cuiden el entorno y lo llamen santuario de vida salvaje. Echo de menos la pradera abierta y apenas compito ni boxeo. Siento que se debilitan mis grandes y poderosas patas traseras, mis largos pies diseñados para saltar hasta 3 metros de altura y 10 metros de longitud, mi larga y musculosa cola para mantener el equilibrio como tercer punto de apoyo. Incluso estoy perdiendo mi visión de 300 grados. Me temo que ya no podría alcanzar la velocidad de los 50 kilómetros por hora.

No ignoro los peligros de la carretera en estado libre. Muchos familiares y amigos han muerto en ella tras cruzarse con todo tipo de vehículos, sobre todo con los diabólicos camiones tipo road trains. Pero añoro tanto mi hábitat natural… 
 
Además, un canguro de mi talla, de casi 2 metros y 90 kilos –somos los marsupiales más grandes del mundo, aunque sólo pesamos 1 gramo al nacer-, y con un lomo rojizo que tanto gusta a las hembras, no puede tener limitado su harén. Aunque, en fin, aquí también me estoy reproduciendo.

EN LAS ANTÍPODAS: “Wombat, wombat”

 Ejemplar de wombat en el Healesville Wildlife Sanctuary, próximo a Melbourne (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.

No, no es el estribillo de una canción de King Africa. Es, repetido, un marsupial típicamente australiano, que parece un osito rollizo y se comporta como un vulgar roedor. De patas muy cortas, pero fuertes, y garras poderosas para sus excavaciones, se alimenta de hierbas y raíces. Pero tiene las digestiones muy pesadas: tarda 14 horas en hacerla. Es raro que salga de su madriguera durante el día. Así se mantiene caliente en invierno y fresco en verano. Hábitos por los que, quizá, llegará a vivir más de 20 años.

Sin embargo, es una especie amenazada por culpa de los conejos, una de las 100 especies exóticas invasoras más dañinas del mundo. Fueron introducidos en Australia por los colonos ingleses en 1859 para entretenimiento de cazadores. Ignoraron entonces que una hembra adulta de conejo es capaz de tener 40 crías al año y cuáles serían sus efectos devastadores en pastos, bosques y especies autóctonas.

Para combatirlos, a las autoridades no se les ocurrió una idea mejor que introducir zorros, los principales depredadores de los conejos en Inglaterra, pero que en lugar de capturar estos animales se lanzaron sobre los wombats, más fáciles de cazar.

Los australianos utilizaron balas, trampas y venenos para frenar el avance de los conejos. Incluso levantaron una valla a prueba de ellos de unos 2.000 km de largo. Luego, probaron a infectar los conejos con el virus de la mixomatosis, enfermedad a la que pronto se hicieron resistentes. En 1995 se lanzó una segunda arma biológica: la enfermedad hemorrágica del conejo, con la que intentan controlar la plaga.

Paradójicamente, los hábitos excavadores de los propios wombats, que además compiten con los conejos por la comida, contribuyen a la proliferación de los mismos dañando las vallas de contención.

EN LAS ANTÍPODAS: "Don’t feed the birds"


 
Ibis merodeando en el Fish Market de Sidney (Australia).
Fotos: Carmen del Puerto.

Los humanos son unos egoístas. ¡Mira que no darme ni una cabeza de langostino! Tendré que buscar en la basura o conformarme con los gusanos. Es humillante, ¿verdad, Cuervo? ¡Qué bajo he caído! Yo, que desciendo de los Ibis sagrados africanos, que me veneraban los egipcios, que fui la cabeza de un dios, representación de la sabiduría, la escritura y la música, inventor de la escritura, patrón de los escribas, de las artes y las ciencias. Tantas veces pintado en tumbas y papiros. Yo, que era un ave de carácter religioso, usada en rituales y sacrificios, honrada con la momificación para poder acceder al reino de Osiris, símbolo de la fertilidad porque me alimentaba de las temidas serpientes aprovechando las subidas del Nilo. Todos me consideraban un símbolo de valentía, el último animal en buscar refugio ante la llegada de una tormenta, el primero en reaparecer tras su paso. Para, finalmente, acabar en un mercado de pescado australiano mendigando a un turista un mejillón que llevarme a mi largo y curvo pico negro. Si Thot levantara la cabeza…

EN LAS ANTÍPODAS: Pizzas locales


Arriba, pizzas de canguro y de cocodrilo, en primer plano, en un típico establecimiento de Sidney (Australia). 
Abajo, la carta de la pizzería.
Fotos: Carmen del Puerto.

Australia ofrece pizzas muy exóticas en el menú de sus restaurantes. Una población numerosa de canguros y cocodrilos marinos de 8 metros dan para cubrir muchas porciones de masa fermentada. Ingredientes que no son fáciles de conseguir en Mercadona. Lo mismo sucede con las pizzas barbacoa de emú, ave autóctona que también abunda en la isla. Luego las hay más corrientes, de pollo, por ejemplo, y supongo, aunque yo no vi el plato anunciado en el menú, que también de conejo europeo, contribuyendo a frenar así esta plaga invasora de gran capacidad reproductiva.

Atención al aderezo con cebollas españolas que se anuncia en la carta de la foto. Y si no quieres un buen vino de las antípodas, puedes acompañar las pizzas con una fría cerveza australiana, siempre que no haya restricción de alcohol en la zona.

EN LAS ANTÍPODAS: Kangaroo Island



Fotos: Carmen del Puerto.

Kangaroo Island (Australia), 08/03/2011.

Cuando el capitán británico Matthew Flinders y su hambrienta tripulación descubrieron Kangaroo Island el 2 de marzo de 1802, lo primero que vieron fueron unas “sustancias negras”, que resultaron ser marsupiales comestibles: canguros grises y ualabíes (de menor tamaño). De ahí el nombre que, agradecidos, le dieron a la isla, situada a 13 km del Cabo Jervis, con 450 km de costa y separada del continente hace 9.000 años. Pero debieron comérselos casi todos porque, hoy por hoy, lo más abundante en la isla de los Canguros son, con diferencia, las ovejas. No obstante uno puede hacer algunas fotos a los famosos marsupiales en el Parque Nacional Flinders Chase, donde sus cuidadores y los turistas les tienen asegurada la manutención.
 

sábado, 24 de septiembre de 2011

EN LAS ANTÍPODAS: Dreamtime en el aeropuerto


 
 Moqueta con motivos aborígenes en el aeropuerto de Alice Springs (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.

 “Yuparli Dreaming” (fragmento), pintura de Eunice Napangardi,
en el aeropuerto de Alice Springs (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.

Mosaico con motivos aborígenes en el suelo
del aeropuerto de Alice Springs (Australia).
Foto: Carmen del Puerto.

Llegué antes de tiempo al aeropuerto de Alice Springs temiendo perder mi avión de regreso a Sidney. Había madrugado tanto por ver amanecer en el Uluru, que los ojos se me cerraron contemplando el embriagador arte aborigen de la sala de espera. Y entonces tuve un sueño. Los Wondjina o espíritus ancestrales de los aborígenes australianos, con forma de serpientes gigantescas, se presentaban ante mí para hacerme una declaración y un reproche: “Nosotros –me dijeron- creamos el mundo tal y como lo conoces hoy, toda la naturaleza que te rodea, todas las estrellas del cielo… y dimos vida al ser humano, a las plantas y a los animales. Durante el Dreamtime o Tiempo del Sueño [la era mitológica de los aborígenes australianos], viajamos por el país, cohabitamos y os transmitimos los conocimientos necesarios para vuestra supervivencia de acuerdo con el orden establecido. Después, volvimos al interior de la Tierra y ahora habitamos en las formas del mundo natural que creamos y que estáis destruyendo”. Me desperté sobresaltada, sintiéndome la autora de Las voces del desierto, lectura obligada si se viaja a las antípodas a pesar de su almibarada introspección y misticismo. La escritora americana Marlo Morgan contaba en su novela el viaje a pie que emprendió por el temido Outback australiano en compañía de una tribu de aborígenes dispuestos a extinguirse, no sin antes dejar un mensaje ecologista y espiritual a la humanidad. Recordé entonces la polémica que se generó en torno a este libro tras su publicación en 1991, debido a las protestas de los indígenas australianos, que vieron distorsionadas sus tradiciones y costumbres. Morgan tuvo que reconocer que se trataba de un libro de ficción y no la narración de una experiencia real, como lo había vendido inicialmente. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son” (CALDERÓN DE LA BARCA).

Más información en:

EN LAS ANTÍPODAS: Los trazos de la canción


 
“Mulga Berries Dreaming”, pintura de Lindsay Bird Mpetyane.

“Mountain Thorny Devil”, pintura de Jeannie Pitjara.
 
“Honey Ant Dreaming”, pintura de Debra Nangala McDonald.

Pinturas expuestas en el hall del hotel Outback Pioneer en Yulara (Australia).
Fotos: Carmen del Puerto.

De nada sirven los mapas, sino las canciones. Hablamos de Australia, del Outback y de los aborígenes. De cómo establecen los límites de su territorio, de cómo se orientan por caminos invisibles, de cómo rehacen el mundo, con sus montañas, valles, desiertos y ríos secretos. Hablamos de Bruce Chatwin en busca de Los trazos de la canción, un anárquico libro de viajes de compleja psicología. Como la tesis de que la geografía, totémica, la marcan las canciones de los antepasados que las tribus indígenas evocan, conectados con los mitos de la creación. El escritor inglés, con una vida singular arrebatada por el sida y que puso de moda los cuadernos de notas Moleskin, viajó a las antípodas e intentó explicarnos esa partitura musical que permite a los nómadas identificar su tierra y poseerla. Pero también nos habló de la hermosa y cotizada pintura de los aborígenes y de cómo se les explotaba por ello, al menos en los años setenta, cuando escribió su libro.

“Lydia se esforzó por no creer las historias de embrujamientos mediante el uso de huesos aguzados, y de hechiceros que podían causar la perdición de un hombre mediante sus cánticos. Igualmente, sospechaba que los aborígenes, con su inmovilidad terrorífica, se las habían ingeniado para coger a Australia por el cuello. Ese pueblo aparentemente pasivo, que se quedaba sentado, observaba, esperaba y manipulaba el sentimiento de culpa del hombre blanco, disfrutaba de un poder espantoso.
Ella boqueó y quiso taparse los oídos, pero Graham siguió hablando despiadadamente. El programa de educación, afirmó, estaba sistemáticamente encaminado a destruir la cultura de los aborígenes y a sujetarlos a la economía de mercado. Lo que los aborígenes necesitaban era tierra, tierra y más tierra… donde ningún europeo pudiera posar jamás sus plantas sin autorización previa.”  (BRUCE CHATWIN. Los trazos de la canción. Ediciones Península, Barcelona, 1988. pp. 164-165)


(Gracias, Pili, por recomendarme tan buena bibliografía sobre Australia)

EN LAS ANTÍPODAS: La Altamira australiana


 



Pinturas rupestres en el Uluru.
Fotos: Carmen del Puerto.

Los Anangu, uno de los 400 pueblos aborígenes australianos, actualmente integrado por dos tribus de nombre impronunciable -Pitjantjatjara y Yankunytjatjara-, son los guardianes del Uluru y de sus tesoros. La monumental roca alberga cuevas pintadas en rojo, blanco, amarillo y negro y están llenas de símbolos abstractos, muchos de ellos relacionados con los ritos de fertilidad e iniciación. Se dice que los nativos retocan las pinturas prehistóricas y siguen pintando los mismos símbolos en las paredes de las cuevas, ilustrando historias míticas o de su vida cotidiana, quizá para que no se borren las escrituras de su propiedad.

EN LAS ANTÍPODAS: Arte rupestre


 Cueva con pinturas rupestres del Uluru.
Foto: Carmen del Puerto.
 
Uno de los extremos del monolito.
Foto: Carmen del Puerto.

 
Manantial sagrado del Uluru.
 
Impresionante pared roja con agujeros de la garganta Walpa, en Las Olgas, a la derecha, 
y pared del pozo Kantju, en el Uluru, a la izquierda.
Fotos: Carmen del Puerto.


Formas extrañas en las paredes del Uluru.
Foto: Carmen del Puerto.

El espectáculo que ofrece el Uluru no se limita a los conocidos cambios de color de la roca. Al margen de cañones, manantiales, pozos y cuevas en su base, con pinturas prehistóricas, la erosión ha dejado huellas artísticas en sus paredes, extrañas siluetas que añaden misterio a este monolito. Ninguna cara es igual y todos sus laterales compiten en singularidad y belleza. Arte rupestre en el corazón de Australia que adquiere su significado a través de un relato, una fábula o una canción.