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sábado, 22 de octubre de 2011

OBELISCOS: Prueba de culturismo


Fotograma de la película italiana Maciste, el gigante del Valle de los Reyes
(Carlo Campogalliani, 1960).
Foto: Carmen del Puerto.

Maciste sujetó con sus propias manos este obelisco de película cuando las sogas de amarre se rompieron y los pobres esclavos del faraón estuvieron a punto de morir aplastados. Los productores italianos lo habían previsto y por eso contrataron para el péplum a un musculoso Mark Forest. Ignoro si en el Egipto Antiguo abundaban chicos de gimnasio que abusaran de anabolizantes, capaces de levantar cientos de toneladas. Pero de no haberlos, ¿cómo se izaron los obeliscos?, ¿qué clase de tecnología emplearon los egipcios?, ¿utilizaron poleas y cuerdas en su erección? Si alguien sabe la respuesta, que levante… la mano.

OBELISCOS: Proyecto abortado


Obelisco inacabado en Asuán (Egipto).
Foto: Carmen del Puerto.

Sus 42 metros de largo y sus posiblemente 1.200 toneladas de peso yacen sobre el suelo rocoso de una cantera de granito, muy cerca de la presa de Asuán. Allí lo dejaron abortado, como un proyecto urbanístico sin presupuesto, hace más de 3.000 años. Hoy, el obelisco inacabado se deja contemplar por turistas que siguen haciéndose muchas preguntas sobre estas enormes columnas de piedra de una sola pieza, herencia de los egipcios antiguos. Un entorno donde los arqueólogos han hallado algunas respuestas, aunque otras siguen estando bajo tierra. El monolito de Asuán pudo haber sido el mayor obelisco del mundo, pero nunca llegó a salir de su propia tumba por culpa de una grieta.

OBELISCOS: Símbolos masónicos


 Extremo superior del obelisco de Thutmosis III en Estambul (Turquía).
Foto: Carmen del Puerto.

Obelisco de Ramsés II en París (Francia).
Foto: Carmen del Puerto.

Siempre me gustó la Hermenéutica, que no describe ni explica, sino que interpreta, ya sean signos o palabras. Tras el término, uno de mis dioses favoritos: Hermes, el mensajero del Olimpo, protector de muchos colectivos, ente ellos viajeros, oradores, literatos y poetas; patrono de la comunicación y del entendimiento, aunque también dios de la magia, de la astucia y del engaño. En verdad, una divinidad muy versátil, cuya rica iconografía incorporaba falos enhiestos que se alzaban en los cruces de calles y caminos.

Los egipcios amaban los símbolos, también los masones. Quizá, por eso, estos últimos añadieron pirámides y obeliscos a sus escuadras y compases. Si en el Egipto Antiguo se construyeron colosales maravillas en piedra, los albañiles medievales (masones en francés) no se quedaron atrás levantando catedrales góticas. Claro que para mantener el monopolio debían preservar sus secretos profesionales. De ahí el lenguaje encriptado y los ceremoniosos procesos de selección en los talleres o logias. Todo ello bajo la atenta mirada del Gran Arquitecto del Universo.

De simbolismo incierto, los obeliscos serían, en cualquier caso, una imagen de vida, donde caben las interpretaciones solares –como rayos petrificados y, por tanto, de carácter sagrado, dignos de veneración y respeto- y exégesis fálicas. Lo más curioso es que, siendo símbolos paganos que se alzaban a la entrada de los templos egipcios, muchos de ellos presidan ahora las plazas de grandes basílicas y coronados y coronados con cruces.

 Obelisco de la Plaza de San Juan de Letrán en Roma (Italia).
Foto: Pedro del Puerto.

OBELISCOS: La hija de Amón



Obelisco caído de Hatshepsut, en Karnak (Egipto).
Foto: Godofredo Galván.

La hija de Thutmosis I y Ahmose apuntaba maneras. Pero ser mujer y faraón al mismo tiempo nadie lo creía posible en tiempos de la decimoctava dinastía. Hatshepsut tuvo que casarse con su hermanastro Thutmosis II, ejercer de corregente durante la minoría de edad de Thutmosis III, hijo de su marido con una esposa secundaria, y “comprar” los apoyos del clero del templo de Amón en la antigua Tebas (hoy Karnak). El mito de la “teogamia” fue su recompensa: los sacerdotes tebanos legitimaron su poder proclamando su origen divino como hija de una reina de Egipto y del propio dios Amón. Por entonces, no se hacían pruebas de ADN, así que nadie cuestionó esa paternidad. Su coronación se grabó en piedra, sobre granito rosa, como puede verse en el piramidion del obelisco caído de Hatshepsut en Karnak, junto al Lago Sagrado. Desde ese momento sería jefe de Estado, adoptaría el protocolo de los reyes, se vestiría como un hombre, llevaría barba postiza, luciría la doble corona, suprimiría la desinencia femenina en su titulatura y tendría su propio cartucho real con el nombre de Maatkare. Los faraones posteriores, incluso Ramsés II, quisieron borrar su memoria, pero es obvio que no lo consiguieron.

  A la izquierda, acuarela del obelisco de Hatshepsut de Karnak de Henry A. Bacon (1900),
en la Academia de las Artes de Honolulu (Hawai, EEUU).
A la derecha, el obelisco real en Karnak.
Foto: Carmen del Puerto


OBELISCOS: Colgado de la pared


 Capricho arquitectónico con un predicador en las ruinas romanas (1745-1750),
de Giovanni Paolo Pannini. Museo del Louvre (París).
Foto: Carmen del Puerto.

Algunos navegaron por el Nilo y se quedaron en sus orillas. Muchos cruzaron el mar y llegaron al continente vecino, que siempre los miró con codicia. Otros surcaron océanos hasta latitudes increíbles. Los más modernos despegaron del suelo rumbo a las estrellas. Pero también los hubo que nunca salieron de la cantera o que acabaron en posición horizontal. Se regalaron o se vendieron a precios ridículos, cuando no los saquearon impunemente. Han servido como canal de comunicación con los dioses y como pararrayos; incluso, para ventilación de alcantarillas. Muy pocos, como el de la foto, acaban colgados de la pared.

En este cuadro se representan varios monumentos antiguos de Roma: la pirámide de Cayo Cestio, el templo de Minerva Medica, un edificio circular que combina el templo de Vesta y el de la Sibila en Tívoli, el obelisco de Augusto (Plaza del Pueblo) y los colonnacce del Foro de Nerva.